Nota sobresaliente.

PREFACIO

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                                                      En contra de mi voluntad, me vi obligado a renunciar a ser un amante de los producto de técnica que me ofrecía este mundo. Luego de perder el control de aquellos artefacto que eran mi ventana al mundo sentí una inmensa soledad envenenando mi conciencia, mis máximas interacciones con los que me rodeaban eran mínimas, ya que estos seguían alagando lo que en algún tiempo requisaba. Con soledad, falsas nociones y estímulos en mi mente, comencé a escuchar voces que me preguntaban ¿Que vas a hacer ahora? ¿Por donde caminas?. Es crucial mencionar que en los días previos aparte de ser un pésimo estudiante con lo que respecta a esta sociedad, fui vaporoso y ciegamente infeliz. Así con lo que me quedaba de juicio exprese mis ideas con tinta y hoja, debo decir que fue un acto noble en cual estaré ...

Tres duendes de tres centímetros





         
 El bar de Tifonias Galabad era el único pozo de la localidad donde se festejaba  la víspera de “los condenados” mediante serenatas y orgías chabacanas; “viva la vida: eterna y apesadumbrada condena” gritaban los internos. Por otra parte, la barra soportaba una ebria pesadumbre sufrida por Gustav Delacroix y demás conocidos de vista. En la madrugada, Tifonias se despidió de su empleada y miró a los restantes. Implicaba que Gustav tomaba con desafuero por una sencilla razón. No erase por la fiesta ni por los buenos años pasados. Su quinta mujer se la había llevado el “petiso”
   Le alcanzó una jarra de cerveza negra, aun así no despegó la ñata de la mesada. El muy añijo tuvo que llamarlo por su nombre y el borracho levantó la jeta. Tomaron unos habanos y Tifonias habló con él, y aprovechando que los demás reposaron su frente entre los brazos cruzados, mencionó lamentar su desdicha y que la casa le invitaba lo poco que quedó del festín. Al mirar su entorno, Gustav Delacroix recordó que le había pagado de antemano a Doña Rosalinda por su guisado de conejo y arguyó que la olla ya estaría fría frente a la puerta. Tifonias daba algún que otro comentario por cortesía mientras servía su jarra. Gustav lo miraba con detenimiento en cada trago; el muy gangrenas fue compinche pegajoso del “petiso” en los años de su vitalidad retoñal; fue compadre, lustrabota y mano siniestra del mal parido. Eran tan aliados que se les dió por desertar en la guerra del catorce. Pasaron poco menos de doce años encarcelados en un meollo pestilente de nueva España; el intervalo suficiente para estructurar y testificar sus pensamientos sobre cualquier papel que se resbalara del otro lado de los barrotes. Ahora Tifonias se encargaba de consentir con su equina sonrisa a los manojos de infelices que la resaca de la sociedad depositara por las orillas de la ciudad. Del “petiso”, su excofrade, (que no esamblaba tanta indiferencia de ignorancia) recorría las calles con un Plymouth rojo del 54 que había ganado por sus fines políticos dentro de la regencia donde solo un circulo erase digno para propalar cuales serían los pensamientos y pasiones que intercambiaría el pueblo entre sí. “Las mujeres burguesas son muy feas” lo escuchó decir alguna vez; tomaba a las amadas de los míseros que dedicaban tardes enteras a su labor de martillazos y estruendos ensordecedores. ¿Qué carajo tendrá el “petiso”? ¿Aquella rata humana? ¿Aparte de prestigios financieros? ¿Todas son infieles en este pueblo?
   Gustav repuso una mirada desconforme y estupefacta fuera de su nariz roja y las ojeras violentas. Dedujo a vista corta que Tifonias y la rata seguían simpatizando como dos buenos feligreses durante los feriados provinciales. Cuestión que no terminó por encajarle. A cuarenta años de vida seguía sin comprender como se mantenía la trecha unión fraternal que formulan algunos cachorros al morderse las orejas.
–-Gustav –-sus ojos perdieron aquella luz que proviene al final de un túnel--- debo cerrar.
–-¡Vos! –-seguía sin entender porque nadie lo descuartizó en cuanto pudo--- me vas ayudar a cazarlo ¿No es así? 
–-No jorobes Gustav. Puede ser que ya no hablamos tanto como antes, pero aún así lo respeto y lo sigo estimando fraternalmente por nuestros viejos tiempos.
–-¿Respeto? ¡La rata nos roba el sueldo, se lleva a nuestras madres, hermanas, esposas e hijas para distruibuirlas hacía las afueras! ¡Ya sabes que una vez junto con los pueblerinos salimos a darle muerte! pero esa rata tiene como noventa vidas, mucho más ahora, que está custodiado por los milicos. Centenares de infelices fueron asesinados por su culpa y vos querés que muestre respeto por esa rata repugnante. 
---Vos lo dijiste Gustav –-afirmó Tifonias con los brazos sobre la barra--- Ya está claro que tiene a todos los santos de su lado o quizá hizo algún pacto con el diablo. No van a terminar con él si no acuden a alguna estrategia.
–-¡Esa palabra! –-Sus ojos rebosaron de brillo--- ¡Te necesitamos como estratega! Tenés que proponernos un plan para arrancarle la cabeza y hacer que mastique su propio miembro de forma inteligente. 
–-¡Te equivocas! No quiero ofenderte, pero ustedes los mineros no saben ni ejecutar una ecuación de segundo grado. Además, solo vos sabes respecto a nuestro pasado y si los otros bestias se enteran, me van a venir a enroscar la culebra a mí –-Y tras decir estas palabras, Gustav levantó su índice, en reto de protestar, pero nada le salió; su mente había perdido la eficacia brindada por el alcohol, se le resquebrajaba la cabeza y los labios dejaron de resbalarsele. Tifonías se percató de que el marco de esas melancólicas cuencas proclamaba sangre de su antiguo compinche. 
–-¡Muy bien Gustav Delacroix! Para un trabajo sucio y estratégico no podes contar con mi ayuda…. ¿Escuchaste hablar de Los Duendes De Catamarca?     
   El borracho recordó sus ayeres... El padre leyó las noticias en vos alta y una mañana se informó que los duende existían, en una pequeña sociedad dentro de las arboledas de eucaliptos y a partir de entonces escuchaba a los pueblerinos que agradecían su servicio. 
---¿Decís que me van a dar una mano para matarlo? 
---En efecto, hace añares que no escucho que mataron a alguien. Recuerdo que a principios del siglo, por una bagatela, rociaron con queroseno la cabaña de un Tal Livraga y desde allí, los duendes fueron cayendo del trato con los pueblerinos. Sin embargo, oí comentarios sobre la especie hace poco menos de dos meses, se dice que siguen vigentes y que cumplen trabajos más tranquilos y discretos, pero ya pasaron años desde aquel drama ¿quiénes se acuerdan? Escuche que los encuentran siempre bajo un circulo de sauces que yacen dentro del montón de árboles.
–-¿La que se ubica más o menos al noroeste de la frontera?
–-Exacto –-miró su entorno. El sol ya se estaba poniendo--- Deduzco que vos te las arreglas bien la vida con tu puesto de capataz en las minas, y si andas complicado de plata, siempre le podes dar otra ofrenda, como una cornucopia con verduras, o un cabrito de unos tres meses. Hablando del tema--- Hizo una pausa para servirle un vaso de vino negro--- Ese tal Livraga fue General militar a principios del siglo pasado. Fusiló al hermano de un desgraciado que requisaba gran cantidad de maizales y aun así esos duendes tuvieron las arterias para no dejar ninguna astilla de esa cabaña. 
–-De existir, parecen que existen. Pero, no me cuaja que vuelvan a matar a alguien después de que la milicia los haya marcado. Quizá no se habla mucho ahora de aquel acontecimiento, pero, ¿quién sabe? De seguro los deben tener en la mira. Y tengo la certeza de que estos duendes deben mantener trato con antiguos pueblerinos o locas pelirrojas de ojos esmeraldas.
–-Dame unos segundos –-Gustav miró a su anfitrión doblarse para abajo. El vino tenía un gusto muy dulzón. Tifonias levantó un maletín grueso y lo puso sobre la barra, dentro de ella sacó una botella de licor desconocido--- Dales esto, estoy seguro que con esto te resultará más fácil persuadirlos y hacer que cumplan con el trabajo encomendado. 
–-¿Los duendes beben?
–-No precisamente. Hace mucho me llegó esto por error en una entrega de mercadería. Por su aspecto pintoresco la guarde en este maletín. Tiempo después, no recuerdo donde lo leí, me dí cuenta de que usaban de este licor para restaurar sus pociones o reformular otras artimañas--- Afirmó Tifonias. El borracho sobrepeso la botella y analizó el corcho negruzco de la boquilla; era única. La cabeza le ardía, dejo la botella de vino negro a medio tomar y por un momento desconfió de su servidor. Por un momento “¿Qué carajo tendrá el petiso?”
–-Está bien Tifonias, yo en vos confío, probaré este planteo y en caso de que no me ayuden, vengo de vuelta para acá y realizaremos un nuevo plan de otra manera ¿Acordado?
–-Acordado –-Vio que su último cliente de la barra se levantaba para irse--- Gustav, tomá--- colocó el objeto en la mesa.
–-¿Y eso? 
–-Es mi Colt Cobra 38 de la suerte. De seguro que no es necesario usarlo con los duendes. Pero tené en cuenta que estas sobrepasando un margen muy trecho, tratá de que nadie te siga o te esté mirando cuando entres en esos árboles, vos sabes tan bien como yo sé cuando alguien está custodiado--- Y al terminar de afirmar esto, Gustav tomó el revólver. Lo analizó. Su abuelo tenía uno igual
–-Espero crúzarmelo muy pronto al “petiso” me ahorraría este licor exótico y psicodélico ¿no? Dado así el caso, te informaré si el licor los convenció en cuanto pueda- Gustav Delacroix apretujó la mano de su servidor y salió del meollo con su hedor a vino dulzón. Tifonias se sonrió al ver feliz a un cliente. 
  Se adentró sin el menor disimulo al no ver moros en la costa. Las primera horas del sendero fueron cuesta arriba; los arboles parecían repetir siempre la misma escenografía. El sendero finalizó entre unos arbustos espinosos de poca monta. Desde aquel circulo de baldosas de piedra se avisoraba entre los filtros de los arboles la resolución corpulenta de un árbol de raza diferente. Se incorporó al árbol más cercano como cobertura. Fisgoneaba con media pupila a un duende barriendo delante de unas chozitas. Por un momento se le anuló la garganta, aquellos bichos hacían sus quehaceres con llana tranquilidad. Apartó la mirada tras la presencia de dos vecinos que corrieron a darle una mano con un pequeño juego de mueblerio artesanal. Anoche la borrachera le había punzado la confianza ¿A cuanto era que Tifonias los conocía?
–- Muestresé forastero--- Confirmó una voz de roble--- su visita ya estaba prefijada desde un principio. 
–-Discúlpeme, es la primera vez--- eran tres duendes--- ¿Qué quiere decir con prefijada?

–-Oh sí, forastero ---hablaba el duende que figuraba autoridad sobre los otros--- Por la mañana solemos arrojar una piedra blanca a un recipiente de agua sagrada heredado por nuestra sabia madre, y el agua nos refleja lo que nos deparará el destino cada mañana. Usted anda precisando nuestra ayuda ¿En qué podemos serle útil?

–-Necesito que maten a un tipo por mí –-ensamblaba calidez y benevolencia; solo se trataba de un infame que los pueblerinos no han podido cazar pese que el “petiso” tiene a los milicos encima, necesitaba un método más eficaz y pequeño.

–-Déjeme discutirlo con los míos forastero--- El “automata” de los tres duendes intercambio algunas palabras en un extraño dialecto con sus secundarios--- ¿Que recibiremos a cambio forastero? 

–-Soy capataz de una mina carbonera, quizá lo que tenga de plata no sea mucho pero he sido un fiel feligrés y servido de la iglesia, y requiso de una buena cantidad de oro- Gustav sacó una bolsita de su sobretodo, los duende sobrepesaron el oro
 –-Perdone…. Pero no podemos aceptar tal convenio. Nosotros no somos ni alentamos al asesinato. 
---¿Cómo? Si mal no recuerdo, fueron ustedes los que quemaron la cabaña del General Livraga sin compasión alguna por un par de pesetas.
---Es cierto, necesitábamos la plata por que en aquel entonces éramos poco menos de un centenar. Las fuerzas de la milicia querían desterrarnos de nuestro bosque porque suponían que manteníamos contacto y trato fraternal con la ciudadela enemiga. Mis antecesores procedieron apestar a Livraga por simple defensa propia, desde entonces, sentíamos que las balas traspasaban la espesa corpulencia del bosque, íbamos cayendo de uno por uno, al pasar las noches. Si contraatacabamos con quemar la cabaña de Livraga en una noche sorda oscura, hubiera sido un craso error, nos hubiéramos encaminado a la misma extinción de no ser porque la ciudad beligerante decidió contraatacar ---declaró el duende cacique con la vista sosegada--- Una de nuestras madres se mantuvo escondida durante toda la guerra en las entrañas internas de este corpulento sauce ---Los ocho ojos se posaron en el roble--- significa más que oro este árbol. Sin duda este árbol está en la últimas, ni la lluvia ya bebe, solo se mantiene seco. Y cuando el sauce caiga, nuestra vida habrá finalizado porque así lo dictan los principios del pacto de sangre que tuvo el árbol con nuestra madre para que la salvarguardase dentro suyo en aquellos tiempos de fuego. Viviremos en son de paz hasta el fin de nuestros días aunque nos duela tanto partir tan pronto hacia la muerte.
 -Ustedes no comprenden, los tiempos han cambiado y este mísero cual les menciono es una rata que merece ser pisada con el talón de un zapato. Además –-Impeccionó su sobretodo--- no solo traje oro. 
–-¡El licor-iris! ¿De donde lo sacó?--- Preguntó el más pequeño.

–-Lo que importa es que yo tengo un problema y necesito soluciones. Si gustan del licor, debe de matarlo o traerme amarrado a ese malparido antes del fin de semana.

–-Veo que usted no tiene ni idea de lo que lleva en las manos –-Asimiló el duende mayor--- Hace tiempo, un bodegón de la ciudad vecina o enemiga, como usted guste, elaboró grandes cantidades de un licor en base del “nectar de las flores Zsüppark-Royyhieckk”  que ahora yacen desaparecidas. Las fabricó en muestra de su gratitud hacia nosotros, ya que ellos manejaban maquinarias que procesaba el producto primo en cuestión de días y no estaciones. El licor es propicio para que el árbol madre prolongue sus años de vida y pueda proceder en llevar a cabo la reproducción de nuestra especie. Usted requisa más o poco menos de un litro en sus manos, es suficiente para nuestras ambiciones –-El duende líder se acercó a un árbol esquelético que yacía un costado--- Ven forastero, mira esto.

   Gustav se acercó escondiendo la botella en su sobretodo. Bajo esas raíces insignificantes, el duende metió su mano en un charco negruzco de agua. De su bolsillo extrajo una piedra caucásica y la arrojó dentro de la mancha negra. El agua mutó algunos colores y con suma claridad cristalina reflejo la figura del “petiso” dentro de su casa.

–-Ese es el condenao ---declaró Gustav. Vio bajo la imagen que el charco enarbolaba unos símbolos 

–-Perfecto, no vive muy lejos de acá--- Dijo el duende patriarca. Los duendecillos subalternos agudizaron su vista, la charca destellaba rostros de mujeres en una movediza vuelta surrealista. 

–-Según sé. El maldito no tiene una hospedaje fijo en la ciudad, como a veces es perseguido no estoy seguro del todo, va y viene a todas las esquinas ¿No puede el charco señalarle donde es su casa?

–-No es tan así. Ayer no nos rebeló que un tipo corriente viniera con gran y semejante reliquia encima –- Se miraron tristes entre sí, como si hubieran deshonrado a algún ser supremo--- Si es a causa de salvar a nuestro sauce madre y propagar justicia. Por el bien de ambos. Cuente con nuestra disposición.
   El duende mayor se sacó su punteagudo gorro y le tendió la mano a Gustav, se la estrechó, el forastero arrugó la cara.
–-¡Escúchame bien! Concluyan con su deber antes del sábado. Mejor amarrarlo y tenerlo vivo y llevarlo a primera hora a la puerta del bar más próximo de aquí abajo ---señalo con el dedo índice hacia el pueblo, el bar de Tifonias se hallaba en la cúspide limítrofe del norte
–-De acuerdo forastero, antes de dicha captura, es menester envenenar al objetivo –-Un pequeño duende sacó de la choza un llamativo ramo de flores--- con esto bastaría. Como usted sabrá; nuestro servicio no es infiel bajo ningún desmán imprevisto.
    El duendecillo líder le tendió nuevamente la mano. Gustav se lo estrechó después de escuchar de esa boca que el veneno lo intoxicaría hasta dejarlo tarado, bastaba esperar dos semanas para que muriera por causas naturales.

–-Muy bien patroncito, para estar vivarachos y vigorosos necesitamos un poco de ese licor de los arcangeles del bosque, nuestro árbol no los pide, y tras eso nos será más factible empeñar aquel intoxicamiento sin que nos viera milicia alguna.
   Gustav dudó un momento, pero terminó sirviendo menos de la mitad en un recipiente redondo que el duende subalterno llevaba en sus manitos.
–-¡Hey tu! Willovite, dirige a nuestro patrón hacia la salida rápida –-El duendecillo asintió con la cabeza y tomó la mano de Gustav, que, por su parte, le impresionaron las grandes garras de esos bichos, podían degollarlo de un par de zarpazos si quisieran. Durante todo el camino, no despegó sus dedo de la Colt Cobra; pendiente de cualquier movimiento sospechosos que realizara aquel enano. De todos modos, pasó su mano en el otro bolsillo, se despidieron, el pequeño duende musitó una risa absurda “que feo es” pensó. Aunque no intentó arrebatarle el resto del licor, sintió el deseo de descargarle las balas en ese pequeño cráneo, cerrando el trato, esa risa estúpida.           
       Después de una semana de arduo trabajo por una puta limosna, Gustav Delacroix fue a confesarse a lo del padre Liborio. Debía de exonerarse de sus malicias antes de arrancarle la cabeza a ese maldito canalla. “Los caducifolios del homicidio reinaran gran parte de los cielos” confirmaba diariamente Liborio.
   Fue al bar a eso del atardecer, había rejuntado la plata que debía. Tifonias no respondió a sus llamados. Se trataba de un viejo solteron que dormía en una piezita del fondo. Gustav inspeccionó por el resquicio de la miradilla. Dió unos coscorrones a la hoja de la puerta. Inútilmente intentó de nuevo y volvió a su casa con ganas de arrancarle la cabeza a alguien.
   El miércoles recibió una noticia fuera de sí y del pueblillo; encontraron al “petiso” resguardado en el edificio central de la ciudadela. Afirmaban que pescó una resfrío demoníaco que lo llevo a encerrarse bajo custodia de los mílicos por tal vulnerabilidad. Gustav Delacroix recapituló; era el momento propicio para destornillarle la cabeza y jugar veinticinco con ella junto los parroquianos en la Cumplett Stadium City. Guardó la Colt Cobra en la guantera del coche y marchó para el edificio.
    El lugar estaba atestado de perros guardianes. Le extraño el hecho de que fuese el único en ir apretar el asunto. “Que manga de maricones” pensó Gustav. Puso primera y marchó antes de que los vigilantes le pidiese el documento. Era cuestión de tiempo; no se encerraría para siempre. En tan solo unos minutos era posible que lo sorprendiera a ochenta/kmph doblando la esquina. Después del choque, saldría a sodomisarlo con cualquier palo que encontrase en el piso, seguido de concluir su venganza rosiandolo con el queroseno que portaba en el baúl. “Mucho queroseno para la noche… jorobense manga de maricones”- pensó Gustav.
   Segundos antes de estacionarse en un rincón de la úndecima cuadra, las sirenas abandonaron su puesto persiguiendo el Plymouth rojo del petiso. Se trataba de un secuestro, aunque Gustav implicó que se quería escapar. Siguió a las patrullas. El maldito se salió de la ciudad. 
   Con la cabeza inquieta, Gustav fue a la posada. Observó los resquicios de las ventanas en busca de un movimiento leve que indicase el grado de vitalidad interna de ese poso; algún insulto o risotada. Dio un golpazo a la puerta; le contestó con sus oxidados goznes quietos. Hace cinco días que no atendía, de manera que arguyó la desgracia de su servidor. Cuando le entregó el licor, no había mencionado nada de cerrar la posada en los días venideros. Quizá enfermó, o tubo problemas con la empleada. Se le erizó la piel al deducir que haya tenido problemas con el “petiso” dada la pregonada imprudencia que esos duendes operaron tras pasar ocho décadas sin salir de esos arboles. El silencio era frío y siniestro en la tarde soleada. Consciente de que debía salvarguardar su equilibrio emocional y psicológico hasta el fin de semana, golpea con violencia la hoja de la puerta al intervalo de gritar:
–-¡Tifonias! ¡Los duendes siguen vigentes Tifonias! ¡Cerré un pacto con ellos! ¿Me escuchas? 
   Los golpes llamaban al silencio absoluto. Tomó un pedazo de ladrillo y la embocó violentamente contra la ventana. El estrépito capto la atención de vagas siluetas humanas que circulaban por el alrededor
–-¡Tifonias! ¡¿Alguna idea de donde pudo haberse ido el maricón ese!? ¡Tifonias! ¡Respondé carajo!
   A lo lejos, un expectante asumió que Gustav trataba de invadir la taberna de aquellos viejos borrachos. Desdeño el asunto de socavar en la negrura que yacía detrás de la ventana. Retomó el camino trasero con su Ford Fairlane 71 y tomo rumbo hacia el mirador de la localidad.
   Avistaba la ruta 89. Su auto reposaba en bajada del mirador, y en el momento que divisase el Plymouth rojo volver al pavimento, iría tras él embistiéndolo y enterrando su cuerpo en el campo luego de una buena sacudida. Esperaba que la peste lo dejase debilitado hasta la médula, o fuese lo que lo llevó salir de la ciudad repentinamente, “De seguro no se trataba de un secuestro” arguyó Gustav “va a volver en cuestión de horas y cuando aparezca lo liquidaré, si se llega a escapar será imposible aprovecharlo”. Avistó de soslayo el camino por el cual se dirigió para tratar con los duendes. Frente suyo, el bosque ostentaba un meollo donde podría entrar un locomotora a todo vapor sin inconveniente alguno, huellas de auto, olor a podredumbre, a escoria, a traición, a borracho astuto. Miró el umbral negruzco y experimentó que el umbral lo miraba a él, lo llamaba. “queroseno” 
   Oscurecía a gotas de luces hoscas, su auto corrió hasta chocar con unos arboles gruesos que colindaban con el camino de adoquin. Abandonó su vehículo con las luces pendidas y siguió el camino prerecorrido anteriormente, tomando cobertura de los arboles y pisando minuciosamente los crujidos de las hojas muertas. Detrás del mismo árbol, miraba como el terceto de duendes hablaba con un tipo que yacia arrodillado. 
                                               “Recuerda que debes amar al prójimo, que ellos merecen tu respeto y tras eso surge el amor"

  El invitado asentía como un niño cada indicación del duende jefe. Sus dos compañeros escuchaban al pedagogo pero no asentían sus palabras, dando por sentado que habían pasado por sus sermones en algunos ayeres.

                                       “Siempre queda tiempo para cambiar totalmente la verdadera lucha es con uno mismo"

   A Gustav se le cuajaron las pupila. Erase el petiso malisioso quien recibía las instrucciones de su socio. Tras esto, agudizó sus oídos para descifrar lo que precisamente le retaba el duende patriarca.
               “Rachaza los tratos infames de este mundo querido amigo mio. Requiere fortaleza no adherirse a esta maleza, claro está que te encontrarás a muchas personas débiles que defenderán aquello llamado verdad. Sin duda, la vida puede ser sublime y grata si uno es consciente de que estas personas pueden cambiar"
    Gustav Delacroix extrajo de la tierra una piedra punteaguda. Si esos duendes no concretaban su misión, no podían desperdiciar el momento idóneo para tirarsele encima y escarvar con la roca punzante su rostro, para ver si encontraba adentro de esos tejidos, que diablos tendría el petiso que no tenga él.
   Dicha reunión finalizó cuando el duende se interrumpió así mismo. Vió que Gustav se aproximaba, con la misma cara y la misma ropa.
–-¡Debí suponer que no tendrían el cuero para finalizar esta misión!--- Exclamó Gustav conteniendo su odio al petiso
–-Estamos en eso mi patroncito, ademas, si este calendario gregoriano no me falla, hoy es viernes 6.
–-¿Acaso importa? Tienen al condenado de rodillas, es el momento para sentenciarlo de una vez por todas
–-Espere un momento. No tenemos porqué condenarlo. En estos días, nuestro querido colerita aprendió las diversas maneras de manifestar la paz y justicia tras cualquier circunstancia y le doy mi palabra que desde hoy en adelante, este pequeño hombre no volverá a cometer barbaridades hostiles hacia al prójimo sin ningún motivo- Fueron palabras que hasta del propio Liborio no había escuchado.
–-Sin duda, a estas alturas, no ves lo ciego que estas. ¿Dices que este ser nefasto será benévolo con nosotros? ¿Alguien que ya debería estar bajo tierra sin ninguna lapida en su memoria? Esto no es lo que acordamos.
   El pequeño patriarca cruzó la vista con la del “petiso” y pronunció a responder.
–-Por supuesto que no es lo que acordamos.

   Momento siguiente, el “petiso”, la victima, se levantó y se acercó lentamente a Gustav. Estremecido por esa impresión fortuita, desenfundó la Colt Cobra con el pulgar presionando la lima del gatillo, aun así, ni por todas las razones diabólicas que trasudaba su mente le habría disparado. El arma no disparaba. El muy condenado lo rodeó con un abrazo cálido ¿Que erase lo que transmitía a aquel cuerpecito sumido en la miseria espiritual absoluta? Jamás lo supo. El “petiso” desenfundó de sus bolsillos un pedregullo que precipitó hacia el rostro de Delacroix ¿Harina, Maizena, Bicarbonato de Sodio? Sea lo que fuese, lustraba un color pintoresco y provocó que Gustav cayera como borracho, llevándose las diez uñas en sus rostro para contener la agonía que consumía sus tejidos faciales.
–-¡Felicidades Williams! Ahora sos parte de la comunión del circulo de los duendes de catamarca--- Repuso el duende autoritario y festejó el debut del nuevo integrante con vigorosos aplausos mientra el dúo de duendecillos celebraban con carcajadas dando vuelta de carnero en el aire.
   Don Williams junto los dos duende subalternos abrazaron al patriarca. El rostro de Gustav Delacroix se marchitaba con las uñas clavadas en los pómulos 
–-Llegó el momento de irme- afirmó el gran patriarca.
   Se despidió, caminó y caminó hasta que el bosque finalizó sus extensiones. Se tiró al suelo, miró la luna del atardecer, y se desintegró en cenizas.



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