El 7 de mayo, las hojas del diario “Los
Condes de Libra” propalaban un comunicado desatinado; el día jueves 4
de agosto a las 19:20hrs bombardearían la localidad por parte del otro extremo
beligerante. El desalojo se concretó al cabo de cinco días atestados de autos
rabiosos y pupilas inquietas. La desolación se manifestaba en los árboles y las
aceras, suspiraban más de lo acostumbrado. Varias tiendas y locales fueron
destripadas dejando las calles sucias por sus productos preponderadamente
artificiales. Barton Rapport se
paró junto uno de los postes de luz que bordeaba los prestigiosos edificios de
la costa. Levantó la hoja del diario y leyó el primer titular: “La Nación dispuso para sus hermanos
sureños una serie de cinco bunkers subterráneos al noroeste de la localidad,
cerca del molino viejo”. Miró
a su entorno y rió con descarado júbilo. Sostenía a su niña de nueve años que
se limitó en ojear la foto del titular; unos militares de trajes extraños
custodiaban los bunkers.
Rapport no vislumbraba
mucha fama en el puerto. Dicha ciudad no ostentaba signos de interés por la física nuclear. La gente visitaba la ciudad para las fotos en la
plaza y sus gloriosos monumentos y con las ballenas o para fornicar en medio de
la arena.
Cargaba la
piel demasiado rosada. Hace 5 días que no salía al exterior. Aun así, pudo en
medio del desalojo y las balas perdidas mantener su equilibrio de concentración en los
planteos. Barton, en sus treinta años de trayectoria, alcanzó un
numeroso rango dentro del círculo escuadronico Los Creativos de lo Justo; Comunión de las factorías de ideales con la cual todo occidente estatuía la realidad y sus peripecias. Desde que lo recibieron en el círculo, derrocó a varios de
los superiores; visionarios que soñaban en llevar a cabo la invención de sus
vidas dentro de la estructura, y fue deleitándose de las comodidades y los
renombres que brindaban los peldaños del escalafón. Gozó de los suficientes
recursos para volver a vivir una docena de veces. Sin embargo, su nuevo plan
constataba en resguardarse en lo que había sido la ciudad de sus sueños. En efecto, lo que
quedaba de ella era una maleza que cundía por medio de las pequeñas masas; las
personas que conoció ya habían muerto, al igual que las ballenas. No encontraba
sentido en seguir caminando por un lugar donde los ídolos de los monitores eran
sacralizados hasta el hartazgo, donde el consumismo desaforado en las pequeñas
masas, su depresión, su obesidad, sus sesos en mal estado y su deificación al
imperio de la violencia le era ajeno a sus recuerdos de un pequeño y cordial pueblo perdido en los sensoramas del tiempo. No fue aquella la imagen
que lo enamoró en su juventud y le hizo odiar su ciudad natal; aquel parásito,
adinerado, ruiseñor, desdichado y prostibulario andante.
Por el
ventanal de su habitación, la pequeña Rapport avistaba como las malas consciencias y las voces
mezquinas se las ingeniaban para propagar suma insolencia por cualquier esquina
que mirase. Esa noche antes de que se divulgara el ataque enemigo, Barton hervía su
cabeza testificando su próxima serie de ideas a llevar a fin una vez que el
bombardeo se precipitase en el lugar estipulado. Sonó el teléfono.
---¡Dr Rapport!
Le habla Gustav Escarlata desde el salón X1-ZI. ¡Su profecía se cumplió! Los
zares del otro extremo aceptaron la propuesta. Su experimento tendrá el debut
en tal lugar a tal hora, usted me entiende. Hablé con Mijhail Körien y te manda
saludos. El mismo se encargara de seguir rebosando los medio con esa basura de
la tercera guerra. También hablé con Livraga, que está radicado en algún rincón del otro
hemisferio. Él se va a encargara de proceder con el despegue del proyectil,
Escuché a esos lunáticos y concordaron con su plan ¡Dr Rapport,
es usted un genio!
No pululaba
nada similar a una figura humana. Barton dejó a la
pequeña en casa bajo llave. Tomó un coche cualquiera, se dirigió al edificio más alto de la ciudad, se subió hasta la terraza y provocó un incendio con las
cajuelas que había dejado por la mañana, bajo al trote y volvió a la vereda de
su casa estacionando la Ford Fairlane 71 en el jardín de su vecino. Livraga, gran estimado
de la juventud, elaboraba junto otra comunión un armisticio con los países del
oriente. La discordia erase por abarcar territorio en un par de islas recién
descubiertas en el atlántico. El trabajo del sureño fue sencillo: dos dividido
a dos es igual a uno, una isla para cada uno. Después del trato, un camarada
suyo le enviaría el recado de Rapport sobre su
vigencia en la ciudad. Incendiar el edificio fue propicio, ya que el mensaje
sería captado por el campo de visión satélital. Un encuentro cara a cara o siquiera una
videollamada hubiese sido una imprudencia total y el imperio oriental entraría
en duda sobre las verdaderas intenciones del enemigo.
-¡Hija mía! ¡Ahora estamos en paz!
Marcharon hacia la librería central. Su hija
necesitaba de pinceles y acrílicos nuevos. Del local fueron a la plazola
central, se sentaron en un banco frente el monumento a Guy de Maupassant.
Realmente no circulaba ningún alma.
-¡Hija mía! Ahora podes pintar los escenarios que
quieras de esta sublime plaza. Está libre de personas que caminan esquivándose
si sentido y de los automóviles que no cesan de generar ruido ensordecedor.
Disfrute pequeña mía, disfrute de la ciudad, que está tan lejos de mi niñez.
-Está
bien, papá.
Esa tarde Barton se encerró
nuevamente en su cuarto. La niña pintó un poco, luego se aburrió, fue a la
escuela más cercana y se centró en dibujar penes en las pizarras. Los días
siguientes fueron puros festines; té en la playa junto sus muñecas de trapo,
practicaron tiro de flechas en el muelle viejo, las gaviotas que ensartaban caían como piedras y flotaban en la superficie del agua desprendiendo sus
plumas en hilos de sangre. Incendiaron un local de prendas de vestir de
distintas modas. Las noches en que la niña dormida atiborrada de peluches. Barton
tomaba un hacha y machacaba como queso los aparatos de cualquier tienda
de electrodomésticos que cruzaba. Una noche entró en la bodega más antigua de
la ciudad y tomó los recaudos más atractivos que le apetecerían gustar después
de que los evacuados retornaran hacia la ciudad.
La fecha limite había vencido hace una
semana y los medio de la gran red se les escaseaban los argumentos para seguir
reteniendo a 400000mil habitantes en bunkers donde se escaseaban los víveres,
así que la vuelta de los ciudadanos ya estaba prefijada.
Le llegó otra llamada de Gustav
Escarlata comunicando que todo marchaba según lo planeado y alabando a Livraga por su genio en la persuasión. Barton
se alegró. Requisaba del don perfecto
para prolongar el supuesto bombardeo por unos meses más. ¿meses? Podrían ser
años ¿Por qué no?. Aquel enfermito era un gran zar de los medios y sus cofrades
elaboraban la información según su juicio. Alcanzaba a decidir cual sería el tema para el día de mañana. El tema por la cual las masas del mundo se manifestarían, lucharían, y
rebelarían sin reflexión ulterior alguna. Solo es cuestión de presionar un
botón. Por otro lado, erase cierto que últimamente Livraga se guiaba por sus riendas y dudaba sobre si tales
decisiones que tomase Rapport eran de su
convenio; ¿gajes del trabajo? Cualquier medida que aplicara debía llevarla a
cabo como todo buen subalterno sin sofocar musito alguno. Gracias a ello, Livraga residía en
Europa y tenía a las taradas de sus hijas estudiando en Oxford mientras un par de caniches toys les chupaban el culo. Amigos desde la
juventud.
Terminó de escribir “Un
preponderado simulacro, pero no guarden cuidado, se aproxima otro bombardeo” que el pueblo
se encargue de disputar la verdad absoluta y sus añadiduras. Su hija era feliz,
pintó un cuadro con los gorriones y los sauces de la plazola. Pospondría el
bombardeo unos años más, haría de aquel sitio una ciudad maldita, solo para él
y la niña, y si los miembros del escuadrón ansiaban en probar su proyectil, lo
mandaría hacia los bunkers, cargaba con el suficiente hidrógeno para
difuminarlos en un instante sin que la ciudad recibiera daño alguno.
Barton Rapport mandó su
recado al escuadrón por medio del umbral de las redes. En cuestión de segundos
le llegaría el comunicado a su amigo y procedería a hablar con los orientales.
ARMISTICIO:::::: ART9, LOS ORIENTALES SERÁN LOS MALOS MALISISMOS HASTA LOS
FINES DE LOS TIEMPOS Y USTEDES NO DEBEN MOSTRAR LO CONTRARIO ¿CAPISH?
Vió que la noche se filtraba por el
resquicio de su persiana. Había perdido la noción de las horas ya su pequeña se le enfriaba la sopa.
La plazola yacía vacía. No debió de ir muy
lejos. Tomó la Ford Fairlane 71 y se dirigió a la confitería. Nada. Se le erizó
el pecho, en caso de que no fuesen los únicos en la ciudad, hubiera descubierto
indicios de alguna rata avarienta y descarada. Al llegar a la playa, se topó
con el mantel en la arena y las muñecas en ronda del té de las cinco.
<<No debió de ir muy lejos>> pensó nuevamente. Tomó camino a casa,
se llevó la sorpresa de que su hija yacía sentada en la vereda de la plazola
con una ramita rascando las baldosas.
-¡Hija
mía! Me tenías preocupado. No vuelvas a perderte así ¿Está claro?- le regaño
brevemente y rodeandolá de brazos, vio su cara de incomprensión.
-Papá,
aquel teléfono sonó hace un momento- dijo mientras apuntaba con su índice a una cabina
pública y abandonada que yacía al costado de un eucalipto cabizbajo.
Barton hizo un ademan a su hija para que se
quedase inerte mientras no despegaba la vista del aparato. El auricular
reposaba fuera de la coronilla del teléfono. Su mano se crispó.
-¿¡¿¡¿¡RAPPORT?!?!?!
-¡¿LIVRAGA!?
-Tenes
que salir de esa ciudad ahora mismo.
Un gélido silencio se prolongó en la línea.
-¡Alguien
metió la pata! ¡Sabotearon los receptores de una mina de plata en la isla
vecina, perdieron a más de la mitad de mineros y los recursos están siendo
ahogados por el mar! ¡No creo que Körien pueda taparlo por mucho tiempo! ¡los ministerio
de salud de las naciones unidas tiene la
jeta metida en esto! ¡Piensan bombardear el lugar acordado con tu arsenal para
estar a mano!
-¿Qué pata? …. Somos el imperio del mundo y se hace lo que se escarbe de la corteza de nuestro ano. Los proyectiles tienen mi firma, mis códigos y por ninguna
amenaza pienso mandarles la contraseña para los mandos de control ¿De qué
bombardeo me estás hablando? Como mucho, les daremos accesos a nuestras minas o
cubriremos los gastos de la restauración, pero aun así no me entra en la cabeza
que la hayan hecho volar.
-¡El acceso
del sector k-37 no se denegó! Me comunicaron hace 48hrs que la iniciación se
dará hoy, solo en cuestión de horas. Te pido que salgues de ahí en cuanto antes
y te dirijas a los bunkers y guardá sumo silencio, nos vamos a ver pronto
después del ataque y vamos a encontrar al responsable de esta metedura de pata.
-¿Cuestión de
horas? ¡Ese cuento del ataque es una farsa, si deciden atacar, van a iniciar
una guerra que por lejos no pueden ganar. Además, soy el único en este régimen
galáctico que tiene los códigos exactos para iniciar el despegue de los
proyectiles ¿Y donde pensás que tengo la nomenclatura donde figuran los
códigos? ¡Debajo de un zapato que yace dentro de mi caja fuerte de sobremesa!
¡Llamáme dentro de unas horas y averiguá bien con respecto al sector k-37, en
caso de que hayan tomado algunos documentos o planillas, llamáme en 45mints…
¡¿Livraga!?
Se mordió la lengua, arrancó el auricular del
aparato y lo precipitó al suelo
- ¡Hija! ¡tenemos
que partir!
El mercedes volaba por la ruta muerta de los huellazos. Al padre se le pegoteaba la
piel en la ropa. El sector k-37 resguardaba atentadamente las obras de su
antecesor, Rimaund Tolski, cuyo temperamento erase “disciplinario”, llevo a
cabo un misil corpulento, capas de fumigar cada células respirante que
circulase a veinte campos de dunas a la redonda. Rapport recordó las pruebas
que leyó en los diarios tan solo cuando era un niño. Mientras el auto suspiraba
a todo vapor y apenas rasguñaba el asfalto, arguyó que su obra no debutaría esa
tarde, a pesar de avisorar un par de aviones pasar. Erase imposible que alguien
haya descifrado los caracteres, y era imposible y suicida para ese maldito
hemisferio reservar su proyectil y apelar a la artesanía oriental; <<maldito oriental
come mierda>>>. Desde lo alto de una colina, avistaba la figura
borrosa de un banderín militar.
Los bunkers estaban apretujados de personas. Compartían solo diez
habitaciones similares a un baño. Los guardas vieron que el coche chocaba
contra dos arboles y que de adentro bajaban un padre con su hija. Rapport, como
si el trato con seres humanos le fuera repugnante, dijo:
-¡Ustedes! ¿saben algo respecto a las islas vecinas? ¿hubo una explosión?
-Efectivamente señor, y me extraña que
alguien aislado en esa ciudad, sabe dios porqué, se haya cerciorado de
reciente noticia- Afirmó el guardia de mayor autoridad- Sin mas ambages, el
bunker n°2 está lleno, y casi no tenemos víveres. Uno de mis soldados los
acompañara al bunker N°5 que queda a unos yardas de aquí y donde todavía queda
alojamiento.
-Usted no entiende ¡la bomba va a
caer ahora!
-¡¿Cómo dice?! Ayer recibí el comunicado de
que en tres días llegaría el bombardeo.
-¡Insolente! ¡¿No vio a los aviones a
chorro hace un momento?!- dirigió su indice a el confín que sostenía la ruta- ¡Están preparando el cielo para reventar este lugar, posiblemente los bunkers no
resistan!
-Baje la voz.
- ¡Hija! Te quedas acá. Ya no hay
tiempo.
-Está bien papá.
-Oime- dijo el milico- después de
esto me gustaría hablar con usted.
-Ya no hay tiempo.
-Muy bien, Yañez- miró a un milico de
unos diecinueve años- acompañé al señor al bunker más próximo.
-¡Está loco! ¡no creo que llegaremos!
-Obedezca Yañez y será promovido después de este puterio -
Despidió al chico que salió corriendo para alcanzar a Barton
Algunos internos del
bunker escucharon cada palabra de la conversación. A una anciana se le extrujó
el corazón, y fue a consolidar a la niña que presagiaba tomarla como huérfana.
Sintiendo la densidad arenosa en el aire, corrió hasta llegar a medio
campo, nunca destacó por su físico, y el aire pesaba cada vez más y obnubilaba
las facultades.
-¡Mira!- le gritó Yañez por la
espalda. Dirigieron sus miradas al cielo; un puntillo apenas perceptible para
la vista descendía como el escupitajo de algún demonio de mármol negruzco. Se
precipitó en medio de los picos edilicios. El gas y la batahola se expandieron
por sus retinas. Los techos enterrados de los bunkers se desprendieron de sus
extremo como si de una hoja de rama seca se arrancase.
El impacto fue casi indoloro, el regazo y el pómulo de los evacuados de
ambos bunkers quedaron barnizados por una sustancia glutinosa. Rapport hubiera
preferido que esos mediocres le refregaran por la cara su mismo proyectil o el
del condecorado Tolski. Eso no aconteció para la historia. Lo que Barton Rapport saboreaba en sus labio era la eyaculación abyecta que resguardaba el
proyectil que su segundero, compinche y amigo de toda una misera vida había
elaborado con el mejor de los propósitos; años atraces, en la primera prueba de
descarga atómica, fue el hazme reír de todos lo miembros de Los Creativos de lo Justo.
Una vez que Rapport ascendió a una de las mayores cabecillas de la
comunión, Livraga pasó de ser alumno de los proyectos a ser acomodador de arsenales y tomar
rienda por el sector oriental.
Esa onda de calor, ese vomito regurgitado sobre la ciudadela, había
malherido a los internos pero no eliminó ni a una sola cría de una pobre liebre.
Los refugiados fueron circulando, y solo sus semblantes estupefactos resaltaban
en esa capa de inmundicia indolora.
La anciana tomó de las manos a la niña, y esta, cautiva de un leve miedo, advirtió lo siguiente.
-Sepan disculparlo, él quería lo mejor
para mi, y por eso inventó esa bomba. Para que yo pudiera olvidar las penas que
esas personas malas me trajeron al matar a mi madre. A esta ciudad.
-¡Pero mi amor! ¿qué es lo que dices?
-Sepan disculparlo.
La anciana abrazó fuerte a la niña. Imaginando por todo lo que habrá
pasado los niños a lo largo de la historia de la guerra.
Días posteriores se dictó un
plan para que los ciudadanos limpiaran la desgracia con sus propias manos, por el
premio de formular una nueva ciudad, con viviendas y las comodidades necesarias
para anestesiar la sensibilidad humana. Pese a esto, el delirio de la niña se
corrió en voz rápidamente. El pueblo, junto algunos miembros militares,
procedieron a irrumpir la casa del responsable. Tiraron abajo la puerta de Rapport y la anciana se
adelantó corriendo a la habitación de la niña para resguardarla y amortiguar la
sangre que correría en la habitación de arriba. Para sorpresa de la multitud y
sus antorchas. Barton Rapport se hallaba tirado en el piso, casi inconsciente y musitando delirios. Una carta al
borde de su escritorio decía que Livraga lo había derrocado.
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