Agudizaron sus ojos entre la
llovizna de nieve y distinguieron una mancha negra bajo el otro lado de la
montaña; el campamento enemigo yacía dormido.
Semanas atraces, el general Gerard
Quickmann, gran estratega militar de aquellos tiempos, fue comunicado mediante
los cuervos de los maizales del norte que los colonos-capablanca arrasarían el
espacio estepario y pazeño que su pueblo, los Kirües, confederaron gracias a su
espíritu armonioso y concomitante. Solo era cuestión de esperar nueve lunas y
los invasores cruzarían las montañas y procederían a convertir su hogar en un
campo de producción mecánica e infrahumana. Yacía al borde del ápice montañoso,
deseando que una mano suprema concluyese con el destino, pero eso no
pasaría.
Detrás suyo, era acompañado por el joven
Estebanez Baltimortt, que trataba de replicar el mismo estado sosiego de su
superior, ya que la nieve no había cesado de caer desde que partieron del
pueblo; pequeñas migajas blancas que podían achicharrar la piel de los animales
más avezados. Aunque los caballos solo rechinaban cabizbajos, les resultaba
difícil mantener el equilibrio sobre la punta piramidal y respirar el denso
aire funesto. Baltimortt implicó que el frío (aparte de descocerle las uñas y desabrirle
su manto inferior hasta el punto de desear tomar gotas de aceite de una estufa)
llegaría a treparle la espina dorsal, y una vez que le rasguñase la corteza
cerebral, sus facultades se refractarían ante sus deseos y caería a mitad del
operativo al igual que el resto del pelotón. El joven miró con pupilas
inquietas hacia sus espaldas; dentro de la calzada de cristal recorrida se
avisoraban las débiles siluetas de sus espíritus que pululaban en círculos
inconexos, buscando sus laureles de gloria.
Gerard Quickmann desenfundó su mosquete Charleviller
77, apuntó a lo alto del oeste y dejó que la última chispa se perdiese en la
espesura pálida.
Solo un vigía arriba de un torreón de cabaña
y piedras costeras se hallaba custodiando a los dormidos y sus campamentos. El
estruendo del disparo le fue ajeno a sus dotadas percepciones de centinela.
---Una sombra ya pronto serán
---gritó el general Quickmann despidiendo una gran bocanada de vapor. El joven
Baltimortt enarboló la bandera.
Los corceles descendieron como dos
locomotoras rabiosas desde lo alto del relieve. El centinela captó a los dos
puntos negruzcos caer del cielo. Aulló. Disparó en el aire y encadilo a todos
los militantes fuera de sus tiendas. El cabecilla superior de la comunión
invasora avistó a un par de figuras precipitarse hacia los cimientos de la
montaña donde los yuyos muertos la rodeaban. El dúo siguió de largo franqueando
a los miembros enemigos como si de cactus se trataran; ciegos contrincantes que
enfundaron sus bayonetas al ver que el par de siluetas mestizas pasaron zumbándoles
por encima de la oreja. Ordenó que encendieran las farolas y alguien gritó que
eran dos miserables pieles marrones del demonio. Por su parte, antes de gritar
a que vallasen tras esos negros desertores de los campos de algodón, notó que
dejó de nevar, y que la cumbre montañosa vecina se achicaba a los palazos de un
insensato supremo. El centinela pegó otros tres disparos al cielo. Ordenó que
corrieran hacia los caballos. Entre pisadas en la espalda y breves oraciones la
multitud obedeció a su superior. Su desdicha se promulgó cual punto vieron el
par de pinos vetustos donde habían amarrado a sus caballos; el pesebre yacía
solo y vacío soportando el cuerpo de un tordillo de ojos mortecinos, algún
chispazo lejano quemo a las sesenta riendas de un tirón. Los picos cielinos despedían
a un hermano del alma. Se aproximaba una avalancha de rocas demoníacas que
destripaban la corpulencia de dicho relieve. El ejército socorrió las afueras
del círculo hospitalario. De nada sirvió; la manta blanca cubrió los
campamentos y gran mitad de la orilla del mar, hasta conllevar el mismo relieve
equitativo junto con el de su procreadora.
Siguieron el torrente cristalino que
desembocaba en una tenue hendidura y desde las piedras se desmoronó un coloso.
Los dos caballos se miraron y tornaron en volver al círculo enemigo. Frenaron
sobre la duna de nieve. Gerard Quickmann bajó de su corcel, avanzó cuesta
arriba; unos dedos humanos brotaban del montón de hielo. Tiró de ella. Sacó el
cuerpo azulado del superior enemigo. Inspeccionó sus bolsillos. Del pantalón
encontró un talismán con pecas de piedras preciosas. Lo tiró al suelo seco y lo
machacó con el talón de su bota. El joven Estebanez Baltimortt suspiró.
*
* * * * * * *
Los dos caballeros volvieron al pueblo que
acababan de salvarguardar por úndecima vez de las manos de los invasores. Los habitantes los
recibieron con bailes y alabanzas en la plazola central del pueblillo. “Nuestro
héroe, nuestro salvador” gritaban los pueblerinos. Las poetizas melancólicas de
los sauces llorones le dedicaron largas estrofas a Gerard Quickmann declarándole
su amor hacia él. Pero, el General solo se fijó en el detalle pintoresco que
EdEl-KyS le había ofrendido. Una estatua en medio de la plazola central que perfilaba
su ilustre figura arriba de su caballo. EdEl-Kys era una mulata de unos
diecinueve años versada en la artesanía de la escultura.
Los días pasaron y Quickmann dejó su cargo
militar. El joven Estebanez Batimortt se resguardó en una pequeña casa heredada
por sus abuelos. Dedució que se aproximarían días sumidos en la más llana
calma, puesto que los cuervos dejaron de graznar del otro lado de las llanuras.
Momento propicio para sumergirse en los confines más complejos y desentrañables
de las matemáticas. Los números solían calmarlo cuando era niño.
A pesar de contraer matrimonio con la
mulata, su sentimiento de gloria lo encontraba sepultado en la confusión. Ajeno
a sí mismo y a las personas que lo veneraban detrás de su coraza, su devoción,
su predicamento y su máquina de escribir. Preso de una condición que envenenaba
su espíritu, testifico sus memorias, con el objetivo de terminar su obra antes
de que llegase el verano; quería llevar a su amada a ver las costas del oeste.
Eso jamás aconteció. A fines de invierno, EdEl-KyS falleció a causa de una
estrambótica enfermedad hereditaria.
El
cargo de gobierno fue asumido por un círculo de expertos que ejecutaron lealtad
a su antigua gloria. Por otra parte, Estebanez Baltimortt es derrocado de su
puesto por un joven fascinado en explorar los islotes vecinos. La regencia de
los números había socavado tanto dentro de sí que repudiaba el trato con los
suyos. Tan solo se molestaba en ir directo a la plazola central para alimentar a
las palomas. Cuando recibió el recado que anunciaba el intento suicida de su
General. Volvió a casa. Se le humedecieron los ojos. Recordó a un joven
Quickmann que le había enseñado a jugar ajedrez y a disfrutar de la prosa de
Pizarnik ¿hubiera quedado algo de sensatez en su interior?
Pasaron meses volando del otro lado de la
ventana. Gerard, que yacía melancólico, se levantó de su cama y fue por el
trozo de pan que se olvidó sobre la mesa. Estuvo tirado en la cama por un
tiempo incalculable y raramente se levantaba a darle migajas a las torcazas
exóticas de EdEl-kYs. Al rato, llamaron a su puerta. Estebanez Baltimortt yacía
presente arriba de su viejo corcel con una pincha polvorienta de milico. Gerard
fue a por su caballo y dejó que su compañero lo guiase.
Los corceles no intercambiaron muchas
palabras. Su mentor recalcitraba la ancianidad. El traje militar ostentaba
roturas y un tono funesto y grisáceo. Arrimaron rumbo la plazola central. Hace
años que no gustaban de la llana calma bajo los sauces.
Los caballos chocaron su vista ¿Hace cuánto tiempo estuvieron encerrados
en el establo? sus dueños solo cargaban con la consciencia de formar partes de
un pueblo donde reinaría la eterna paz y libertad. La muerte prematura
corresponde al que deja la vitalidad de sus arterias en el combate. eDeL-kySs lo
sabía, reflejo su convicción en su obra. “¡Edel-Kys!” los ojos de Gerard se
obnubilaron; aquel era su banco de mármol favorito. El viejo y su corcel se
aproximaron hacia la estatua. Estebanez lo siguió con la cabeza perdida en el
antaño. Una vez que recuperó sus tiempos, frunció el entreceño, aquellas
farolas jamás las había visto.
Gerard erizó su pelambre. Alrededor del
cimiento de dicho monumento danzaban en dirección ovalada un manojo de jóvenes
con prendas pintorescas que propagan una pizca de estulticia; movían sus brazos
como si estuvieran desividualizandosé. Se manifestaban, comulgaban, y revelaban
contra alguna amalgama imperceptible al compás de un ritmo de percusión
plastificado y monótono. Uno de esos bellacos sacó de su bolsillo una especie
de estilete metálico y procedió a rayar el rostro del monumento. Gerard apenas
comprendió lo que acontecía. Su compañero Estebanez se arrimó hacia ellos y los
regaño tal cual corresponde que lo haga alguien que mantuvo sus respiros junto
con los desmanes de la tierra en un periodo de noventa años. El muchacho
analizó la figura de los dos jinetes y prosiguió con su hazaña.
---¿Acaso no saben que vuestro señor los ha
salvado?
El chico se sobresaltó. Agarró un cascote
y lo arrojo contra la nariz del caballo. Los jóvenes estallaron de risa detrás
de él mientras danzaban junto aquella melodía desincronizada. Gerard yacía
cabizbajo en un costado “Querido pueblo, como te descuidé”. Una vez que volvió
en sí mismo sus oídos se erizaron y el caballo tomó distancia. Estebanez había despedido
la última chispa de su pistón. La mitad de la cabeza del chico se desintegró
por los aires. Las niñatas de alrededor chillaron como chanchas al ver el
cuerpo desplomado en la acera. Los demás bailarines salieron huyendo. Las niñas
fueron tras ellos al oír la sirena de los patrulleros. Estebanez quedó
paralizado de la confusión y Gerard secó sus cataratas con las mangas. Uno de
sus principios constataba en no privar de la vida a nadie que perteneciera al
círculo fraternal de los pueblerinos, por más pequeño o desdichado que sea, la
vida erase una sola. Los automóviles penetraron medía plaza y pidieron por
medio de griteríos a que bajasen de los caballos con las manos en la nuca.
Estebanez miró a su amigo “debo pagar por mi insolente acto” entonó a decir. Se
aproximó a los patrulleros junto su corcel marchito y cabizbajo. La hilera de
oficiales se observaron entre sí y alegan por descargar sus armas contra el
jinete anciano. “Bajesé del caballo señor, aun podemos llevarlo a juicio”.
Gerard cruzó lentamente la mirada con la milicia, que pedía a puterio fueguino
que bajase del condenado animal. Enarboló la bandera que llevaba en el pecho.
Anunció en voz alta el nombre de Estebanez Matías Baltimortt y a cada uno de
los miembros del pelotón caído. Arreó contra los oficiales. Ellos reanudaron
con su descarga.
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