Nota sobresaliente.

PREFACIO

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                                                      En contra de mi voluntad, me vi obligado a renunciar a ser un amante de los producto de técnica que me ofrecía este mundo. Luego de perder el control de aquellos artefacto que eran mi ventana al mundo sentí una inmensa soledad envenenando mi conciencia, mis máximas interacciones con los que me rodeaban eran mínimas, ya que estos seguían alagando lo que en algún tiempo requisaba. Con soledad, falsas nociones y estímulos en mi mente, comencé a escuchar voces que me preguntaban ¿Que vas a hacer ahora? ¿Por donde caminas?. Es crucial mencionar que en los días previos aparte de ser un pésimo estudiante con lo que respecta a esta sociedad, fui vaporoso y ciegamente infeliz. Así con lo que me quedaba de juicio exprese mis ideas con tinta y hoja, debo decir que fue un acto noble en cual estaré ...

¡Sean eternos los laureles que supimos conseguir!


      


     Agudizaron sus ojos entre la llovizna de nieve y distinguieron una mancha negra bajo el otro lado de la montaña; el campamento enemigo yacía dormido.
   Semanas atraces, el general Gerard Quickmann, gran estratega militar de aquellos tiempos, fue comunicado mediante los cuervos de los maizales del norte que los colonos-capablanca arrasarían el espacio estepario y pazeño que su pueblo, los Kirües, confederaron gracias a su espíritu armonioso y concomitante. Solo era cuestión de esperar nueve lunas y los invasores cruzarían las montañas y procederían a convertir su hogar en un campo de producción mecánica e infrahumana. Yacía al borde del ápice montañoso, deseando que una mano suprema concluyese con el destino, pero eso no pasaría.
   Detrás suyo, era acompañado por el joven Estebanez Baltimortt, que trataba de replicar el mismo estado sosiego de su superior, ya que la nieve no había cesado de caer desde que partieron del pueblo; pequeñas migajas blancas que podían achicharrar la piel de los animales más avezados. Aunque los caballos solo rechinaban cabizbajos, les resultaba difícil mantener el equilibrio sobre la punta piramidal y respirar el denso aire funesto. Baltimortt implicó que el frío (aparte de descocerle las uñas y desabrirle su manto inferior hasta el punto de desear tomar gotas de aceite de una estufa) llegaría a treparle la espina dorsal, y una vez que le rasguñase la corteza cerebral, sus facultades se refractarían ante sus deseos y caería a mitad del operativo al igual que el resto del pelotón. El joven miró con pupilas inquietas hacia sus espaldas; dentro de la calzada de cristal recorrida se avisoraban las débiles siluetas de sus espíritus que pululaban en círculos inconexos, buscando sus laureles de gloria.
   Gerard Quickmann desenfundó su mosquete Charleviller 77, apuntó a lo alto del oeste y dejó que la última chispa se perdiese en la espesura pálida.
   Solo un vigía arriba de un torreón de cabaña y piedras costeras se hallaba custodiando a los dormidos y sus campamentos. El estruendo del disparo le fue ajeno a sus dotadas percepciones de centinela.
---Una sombra ya pronto serán ---gritó el general Quickmann despidiendo una gran bocanada de vapor. El joven Baltimortt enarboló la bandera.
   Los corceles descendieron como dos locomotoras rabiosas desde lo alto del relieve. El centinela captó a los dos puntos negruzcos caer del cielo. Aulló. Disparó en el aire y encadilo a todos los militantes fuera de sus tiendas. El cabecilla superior de la comunión invasora avistó a un par de figuras precipitarse hacia los cimientos de la montaña donde los yuyos muertos la rodeaban. El dúo siguió de largo franqueando a los miembros enemigos como si de cactus se trataran; ciegos contrincantes que enfundaron sus bayonetas al ver que el par de siluetas mestizas pasaron zumbándoles por encima de la oreja. Ordenó que encendieran las farolas y alguien gritó que eran dos miserables pieles marrones del demonio. Por su parte, antes de gritar a que vallasen tras esos negros desertores de los campos de algodón, notó que dejó de nevar, y que la cumbre montañosa vecina se achicaba a los palazos de un insensato supremo. El centinela pegó otros tres disparos al cielo. Ordenó que corrieran hacia los caballos. Entre pisadas en la espalda y breves oraciones la multitud obedeció a su superior. Su desdicha se promulgó cual punto vieron el par de pinos vetustos donde habían amarrado a sus caballos; el pesebre yacía solo y vacío soportando el cuerpo de un tordillo de ojos mortecinos, algún chispazo lejano quemo a las sesenta riendas de un tirón. Los picos cielinos despedían a un hermano del alma. Se aproximaba una avalancha de rocas demoníacas que destripaban la corpulencia de dicho relieve. El ejército socorrió las afueras del círculo hospitalario. De nada sirvió; la manta blanca cubrió los campamentos y gran mitad de la orilla del mar, hasta conllevar el mismo relieve equitativo junto con el de su procreadora.
   Siguieron el torrente cristalino que desembocaba en una tenue hendidura y desde las piedras se desmoronó un coloso. Los dos caballos se miraron y tornaron en volver al círculo enemigo. Frenaron sobre la duna de nieve. Gerard Quickmann bajó de su corcel, avanzó cuesta arriba; unos dedos humanos brotaban del montón de hielo. Tiró de ella. Sacó el cuerpo azulado del superior enemigo. Inspeccionó sus bolsillos. Del pantalón encontró un talismán con pecas de piedras preciosas. Lo tiró al suelo seco y lo machacó con el talón de su bota. El joven Estebanez Baltimortt suspiró.
                                            
                                                     *   *   *   *   *   *   *   * 
   Los dos caballeros volvieron al pueblo que acababan de salvarguardar por úndecima vez de las manos  de los invasores. Los habitantes los recibieron con bailes y alabanzas en la plazola central del pueblillo. “Nuestro héroe, nuestro salvador” gritaban los pueblerinos. Las poetizas melancólicas de los sauces llorones le dedicaron largas estrofas a Gerard Quickmann declarándole su amor hacia él. Pero, el General solo se fijó en el detalle pintoresco que EdEl-KyS le había ofrendido. Una estatua en medio de la plazola central que perfilaba su ilustre figura arriba de su caballo. EdEl-Kys era una mulata de unos diecinueve años versada en la artesanía de la escultura.
   Los días pasaron y Quickmann dejó su cargo militar. El joven Estebanez Batimortt se resguardó en una pequeña casa heredada por sus abuelos. Dedució que se aproximarían días sumidos en la más llana calma, puesto que los cuervos dejaron de graznar del otro lado de las llanuras. Momento propicio para sumergirse en los confines más complejos y desentrañables de las matemáticas. Los números solían calmarlo cuando era niño.
   A pesar de contraer matrimonio con la mulata, su sentimiento de gloria lo encontraba sepultado en la confusión. Ajeno a sí mismo y a las personas que lo veneraban detrás de su coraza, su devoción, su predicamento y su máquina de escribir. Preso de una condición que envenenaba su espíritu, testifico sus memorias, con el objetivo de terminar su obra antes de que llegase el verano; quería llevar a su amada a ver las costas del oeste. Eso jamás aconteció. A fines de invierno, EdEl-KyS falleció a causa de una estrambótica  enfermedad hereditaria.
  El cargo de gobierno fue asumido por un círculo de expertos que ejecutaron lealtad a su antigua gloria. Por otra parte, Estebanez Baltimortt es derrocado de su puesto por un joven fascinado en explorar los islotes vecinos. La regencia de los números había socavado tanto dentro de sí que repudiaba el trato con los suyos. Tan solo se molestaba en ir directo a la plazola central para alimentar a las palomas. Cuando recibió el recado que anunciaba el intento suicida de su General. Volvió a casa. Se le humedecieron los ojos. Recordó a un joven Quickmann que le había enseñado a jugar ajedrez y a disfrutar de la prosa de Pizarnik ¿hubiera quedado algo de sensatez en su interior?
      Pasaron meses volando del otro lado de la ventana. Gerard, que yacía melancólico, se levantó de su cama y fue por el trozo de pan que se olvidó sobre la mesa. Estuvo tirado en la cama por un tiempo incalculable y raramente se levantaba a darle migajas a las torcazas exóticas de EdEl-kYs. Al rato, llamaron a su puerta. Estebanez Baltimortt yacía presente arriba de su viejo corcel con una pincha polvorienta de milico. Gerard fue a por su caballo y dejó que su compañero lo guiase.
       Los corceles no intercambiaron muchas palabras. Su mentor recalcitraba la ancianidad. El traje militar ostentaba roturas y un tono funesto y grisáceo. Arrimaron rumbo la plazola central. Hace años que no gustaban de la llana calma bajo los sauces.
        Los caballos chocaron su vista ¿Hace cuánto tiempo estuvieron encerrados en el establo? sus dueños solo cargaban con la consciencia de formar partes de un pueblo donde reinaría la eterna paz y libertad. La muerte prematura corresponde al que deja la vitalidad de sus arterias en el combate. eDeL-kySs lo sabía, reflejo su convicción en su obra. “¡Edel-Kys!” los ojos de Gerard se obnubilaron; aquel era su banco de mármol favorito. El viejo y su corcel se aproximaron hacia la estatua. Estebanez lo siguió con la cabeza perdida en el antaño. Una vez que recuperó sus tiempos, frunció el entreceño, aquellas farolas jamás las había visto.       
    Gerard erizó su pelambre. Alrededor del cimiento de dicho monumento danzaban en dirección ovalada un manojo de jóvenes con prendas pintorescas que propagan una pizca de estulticia; movían sus brazos como si estuvieran desividualizandosé. Se manifestaban, comulgaban, y revelaban contra alguna amalgama imperceptible al compás de un ritmo de percusión plastificado y monótono. Uno de esos bellacos sacó de su bolsillo una especie de estilete metálico y procedió a rayar el rostro del monumento. Gerard apenas comprendió lo que acontecía. Su compañero Estebanez se arrimó hacia ellos y los regaño tal cual corresponde que lo haga alguien que mantuvo sus respiros junto con los desmanes de la tierra en un periodo de noventa años. El muchacho analizó la figura de los dos jinetes y prosiguió con su hazaña.
  ---¿Acaso no saben que vuestro señor los ha salvado?
     El chico se sobresaltó. Agarró un cascote y lo arrojo contra la nariz del caballo. Los jóvenes estallaron de risa detrás de él mientras danzaban junto aquella melodía desincronizada. Gerard yacía cabizbajo en un costado “Querido pueblo, como te descuidé”. Una vez que volvió en sí mismo sus oídos se erizaron y el caballo tomó distancia. Estebanez había despedido la última chispa de su pistón. La mitad de la cabeza del chico se desintegró por los aires. Las niñatas de alrededor chillaron como chanchas al ver el cuerpo desplomado en la acera. Los demás bailarines salieron huyendo. Las niñas fueron tras ellos al oír la sirena de los patrulleros. Estebanez quedó paralizado de la confusión y Gerard secó sus cataratas con las mangas. Uno de sus principios constataba en no privar de la vida a nadie que perteneciera al círculo fraternal de los pueblerinos, por más pequeño o desdichado que sea, la vida erase una sola. Los automóviles penetraron medía plaza y pidieron por medio de griteríos a que bajasen de los caballos con las manos en la nuca. Estebanez miró a su amigo “debo pagar por mi insolente acto” entonó a decir. Se aproximó a los patrulleros junto su corcel marchito y cabizbajo. La hilera de oficiales se observaron entre sí y alegan por descargar sus armas contra el jinete anciano. “Bajesé del caballo señor, aun podemos llevarlo a juicio”. Gerard cruzó lentamente la mirada con la milicia, que pedía a puterio fueguino que bajase del condenado animal. Enarboló la bandera que llevaba en el pecho. Anunció en voz alta el nombre de Estebanez Matías Baltimortt y a cada uno de los miembros del pelotón caído. Arreó contra los oficiales. Ellos reanudaron con su descarga.                             

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