El viejo
Benedicto vacilaba sobre la acera de la estación de tren. Vestía un traje verde
aceitunado, dos zapatos de cola, un maletín cromado en una mano y un ramo de
camelias en la otra. Eran más de las nueve de la mañana y su hija Rita lo
andaría buscando por cada esquina del puerto. Por la tarde, debía de presentar
su primer libro y acordó con Rita ensayar esa mañana, sílaba por sílaba. El
viejo se coló en el tren eléctrico. A Rita ya le llegaría el chisme de que
anduvo hojeando el diario en el cafetín “El Bochinchero”.
“Es que el viejo tiene problemas” dijo la
cuarentona a los internos del café. La miraron frunciendo el entre ceño, nunca
se imaginaron que un tipo con más de cincuenta años de cochero se hubiera
sentado al lado de una ventana con el objetivo de testificar estrofa por
estrofa sus más míseros sentimientos.
El tren dejo a Benedicto al margen de la
ciudadela, junto vagas estructuras suburbanas. Avistando el confín que sostenía
grandes campos de estepa incolora; ubicó cementerio viejo se situaba a doscientos
pasos de la última estación.
En la puerta no atendía nadie. Entró
cabizbajo
Las primeras hileras de tumbas eran ángeles,
muchachas, e íncubus de alabastro y mármol. Sus zócalos rebosaban en rosales y
césped vigoroso, bajo una tarde que olía a pena y olvido y cielo pálido.
Benedicto aflojó un denso suspiro, se mesó el pelo y procedió a encaminar la
calzada que penetraba el interior funesto. Caminó y caminó hasta llegar a dos
hileras compuestas por criptas, ordenadas según las fechas. Se acomodó las
gafas gruesas que llevaba en un bolsillo, avisoraba a lo lejos las ondas de
calor que reprimían al montón de óvalos y cruces. Cuando las nubes pasaron, las
criptas se destiñeron y el viejo se tuvo que jorobar para que las camelias
tomaran la frescura de su media sombra. Apenas se escuchaba el eco de sus pasos
una vez frente la cripta objetiva.
Que estrambótico fue el caso de los hermanos
Irzubeta, murieron jóvenes, algunos tuberculosos en tiempos en que la ciudadela
se componía por un manojo de calles horizontales. Los señores padres de
Benedicto simpatizaron muy bien con los Irzubeta, a pesar de que fueran unos
mezquinos aborrecibles. El viejo recordó la noche de sus caídas, fueron
penosas, no por los hermanos, se debía a que las doncellas de rasgos armoniosos
y siberianos se resquebrajaba en llantos frente el círculo de los infelices del
pueblo. No obstante, los padres, siempre se limitaban en dejar una rosa azuleja
en cada muerte de sus nueve hijos; “Cuestión de cultura” decía la madre. Con
excepción de Igor Irzubeta, el hijo menor, los padres le pagaron con empanadas
y vino a un par de vagos para que mandasen el cuerpo del niño dentro de la
cripta como si de un trámite judicial se tratase. Se estaba corriendo el rumor
de que era una familia de locos que mataban a los hijos. Después de una arcadia
a la noche, partirían del pueblo para no
volver jamás. Igor murió a sus catorce años, erase dos años mayor que el
Benedicto de aquel entonces.
Abrió el maletín, saco un ejemplar de su
humilde poemario y lo colocó en el rejado de la puerta “Dichos escritos
recalcan y trasmiten los desgarros de un hombre de noventa años, traté de
trasmitir algo de compañerismo y fidelidad. Nada ajeno a lo que sus ojos de
niños promulgaban con el más sublime de los vigores Don Igor Irzubeta” -Dijo el
viejo frente la cripta y siguió su camino.
El campo o mejor dicho; el primer radio de
3km a la redonda estatuía lapidas y arquitecturas funerarias más pintorescas en
sus cimientos; las que llevaban, foto, numero, flores, y nombre completo. El
viejo había llegado a él margen del primer círculo, el otro extremo propendía
los cenotafios abandonados de niños o de personas cuyos cuerpos no se han
encontrado. “Estos suelos deben de tener sus historias y peripecias”- dijose el
viejo al tanto que acariciaba la cabellera de las camelias con el mentón. Sacó
de un bolsillo un papel con signos escritos que indicaba a través de dibujos
las yardas y los círculos. “Hacia seis cenotafios izquierdo de los Benitez” La
tumba de Don Garrida yacía pobrecida bajo un fuertísimo sol que agrietaba sus
angelitos de cristal. Perdió lo esencial que toda lapida forjada por la
psicología occidental tiende a frecuentar por un determinado lapso de tiempo;
sus visitas. Pues son aquellos los que veneran valor a aquellos montones
pedazos de tierra. Larrida no creía en dios, creía en la humanidad, quizá lo
que lo mató fue cuestionar desde temprana edad la lógica a la cual el hombre se
ha encarado la existencia o condenado a lo largo de los tiempos. “Luchar contra
la regencia del espectáculo que banaliza la devoción de nuestra cultura” solía
repetir frecuentemente con su mal genio. Murió en la calle. Siendo un charlatán
destruido por dentro. “Gracias a ti, experimenté las desgracias de todo
jovenzuelo visionario” Se aprende tanto de ello. Dejo un ejemplar sobre su
tumba y prosiguió con el recorrido.
Su paso llegó a un límite relevante,
proseguía el cruce con artes funerarias compuestas por dos barras de hierro.
Antes de reanudar la caminata, recurrió a la hospitalidad de una tumba que
yacía en su costado, tomó el vaso esmerilado que mantenía unas flores de
pétalos arrugados e incrusto el recipiente de vidrio en sus labios; una linea
húmeda se secó en medio de su lengua. Bastaba un trago seco, el recaudo crucial
para continuar la partida.
Ya recorridas unas sesenta yardas. Se rascó
las manos, las ondas de calor lampiñaban la piel y suspendían colores
estrambóticos. Se recostó al lado de una lápida corpulenta de barro; abría la
boca para beber de la frescura penumbrosa.
Al pasar de las décadas, las baldosas del
sendero fueron absorbidas por la tierra funesta. Aquellas pobres tumbas ya no
recibían visitas, no por vetustos, en la ciudadela moran muertos que cumplen un
patrón determinado de circulación peatonal bajo la regencia de los monitores.
Después del segundo circulo, las cruces se
encadenaban entre si hacia los confines del horizonte. Benedicto rechistó, y
apeló a continuar, franqueando meticulosamente las cruces de hierro oxidado,
pisar una tumba le hubiera sentado mal.
Con pisadas de avestruz, llegó a los
cimientos del tercer círculo, ya se entonaba los cantos de los gorriones de la
soledad. Tanto el cómo el pedazo de papel, perdieron el sentido de la
orientación bajo un solo que daba rebencazos. Sus pupilas se inquietaron y en
aquel instante reconocieron a una tumba de piedras blancas. Reivindicar las
ideas al terreno, su destino se hallaba a menos de cruzar los altozanos que
yacían frente. Cruzar tales relieves consumiría las pocas fuerzas que le
quedaba al viejo. En ese ínterin, en medio de los rosales marchitos que la
tumba caucásica figuraba; un cántaro vislumbraba su semblante viejo y dorado.
Un hilo de agua cruzó el interior del cuerpo
decrepito con dotes de ser un caminador sosiego de la estepa y los páramos muy
experimentado. Hace más de cuarenta años que el vigor no circulaba como aquella
tarde.
Del otro lado de los altozanos, Benedicto
acarició nuevamente los pétalos de las camelias. Se mesó el pelo. Frente suyo
yacía incrustada en una pared de azulejos la imagen, o el daguerrotipo
descolorido de Doña Tatiana Mendelo. Su vitalidad sepulcrosa alimentaba al
pelambre del césped. Repuso las camelias
en el sobre su tumba. El viejo sonrió, se recostó en el césped con la vista
inerte y manos en los bolsillos.
-Hola tati,
tenés muy lindo el césped. Sabes cuidarlo como ninguna ¿Te conté que pienso
plantar un sauce llorón sobre mi tumba? Es una buena táctica para no digerir
días largos bajo el retazo del olvido. Te comento que ya elabore una serie de
“poemas” si es que así puedo llamarles ¿Publicar? Hoy mismo debí de presentarlo
en la biblioteca vieja de la esquina “SolMitto” pero… ¿para que? Los pibes de
hoy piensan mucho y sienten muy poco. De haberlo presentado, era de seguro que
todos los ejemplares terminarían en las bibliotecas o sepultadas en los
revisteros, o peor, junto a un calefón. Mis letras les corresponde a mi tesoro,
a mi puñado de amigos- Dijose Benedicto y le dió uno de sus ejemplares.
Miró con detenimiento la tumba.
La miró por todas sus laderas.
Retorno el camino a su vuelta a casa por
medio de las mismas huellas. Un coloso hoyo hosco anuló su interior, deseando
de una vez por todas formar parte de los yuyos, de abandonar los herméticos
días que lo encaminaba al resto de una vida insulsa e incolora. Los demás pasos
fueron silenciosos. Ya no queda más que pronunciar cuando uno se entrelaza
fraternalmente con la desdicha.
El viejo cesó el paso. En ese instante
hubiera caído, dejar que los retazos del tiempo y los cielos lo apretujaran contra
la tierra hasta pisar fondo. En cuanto al deseo, desde las dos hileras de las
criptas, una voz llamó su atención con tendencias de vigilancia. Era Don Julio
Darío, el sereno del cementerio.
-Don Benedicto… ¿No sabe qué horas son estas?
-Lo lamento-
jamás en la vida- ya me iba.
Darío lo dirigió a la salida con una mano en
el hombro. El sereno recordó su niñez, los vecinos decían que el viejo tenía
problemas. Por su parte, Benedicto ansiaba las ganas de morirse a los
aspavientos, de caer en un pozo sin flores. Tales necesidades fueron negadas
por su onerosa carne marchita que ya había ofrecido mucho esfuerzo físico por
hoy del cual no podía desprenderse, en aquel instante se aproximaban cada vez
más al portón.
El sereno la miró “pobrecita su hija, hace lo
que puede, pero el viejo tiene problemas”
-Gracias, y
hasta luego Julio.
Dirijiose por la calle de tierra hacia la
estación, disecado por la melancolía. Al cruzar la calle frente la estación con
las manos en los bolsillos. Una vos vinole de la ruta colindante.
-¿A dónde vas
Bacanazo?
En su costado, se posaba una carroza con
luces olor a garrapiñadas con dos caballitos. Dentro sonreía Doña Tatiana
Mendelo. Si! Erase ella, le guiño el ojo y a Bendicto se le resbaló la
dentadura de la boca.
-¡Oh Tatiana!
¡Mi Tatiana!
Subió
a abrazar a la dama, y la carroza siguió el camino. Cuan problema tenía el
viejo. Rita rió por dentro, sintió la erección de su viejo. Ella tenía cierto
parentesco.
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