Nota sobresaliente.

PREFACIO

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                                                      En contra de mi voluntad, me vi obligado a renunciar a ser un amante de los producto de técnica que me ofrecía este mundo. Luego de perder el control de aquellos artefacto que eran mi ventana al mundo sentí una inmensa soledad envenenando mi conciencia, mis máximas interacciones con los que me rodeaban eran mínimas, ya que estos seguían alagando lo que en algún tiempo requisaba. Con soledad, falsas nociones y estímulos en mi mente, comencé a escuchar voces que me preguntaban ¿Que vas a hacer ahora? ¿Por donde caminas?. Es crucial mencionar que en los días previos aparte de ser un pésimo estudiante con lo que respecta a esta sociedad, fui vaporoso y ciegamente infeliz. Así con lo que me quedaba de juicio exprese mis ideas con tinta y hoja, debo decir que fue un acto noble en cual estaré ...

¡La tumba es todavía un sexo de mujer que atrae al hombre!



El viejo Benedicto vacilaba sobre la acera de la estación de tren. Vestía un traje verde aceitunado, dos zapatos de cola, un maletín cromado en una mano y un ramo de camelias en la otra. Eran más de las nueve de la mañana y su hija Rita lo andaría buscando por cada esquina del puerto. Por la tarde, debía de presentar su primer libro y acordó con Rita ensayar esa mañana, sílaba por sílaba. El viejo se coló en el tren eléctrico. A Rita ya le llegaría el chisme de que anduvo hojeando el diario en el cafetín “El Bochinchero”.
“Es que el viejo tiene problemas” dijo la cuarentona a los internos del café. La miraron frunciendo el entre ceño, nunca se imaginaron que un tipo con más de cincuenta años de cochero se hubiera sentado al lado de una ventana con el objetivo de testificar estrofa por estrofa sus más míseros sentimientos.
El tren dejo a Benedicto al margen de la ciudadela, junto vagas estructuras suburbanas. Avistando el confín que sostenía grandes campos de estepa incolora; ubicó cementerio viejo se situaba a doscientos pasos de la última estación.
En la puerta no atendía nadie. Entró cabizbajo
   Las primeras hileras de tumbas eran ángeles, muchachas, e íncubus de alabastro y mármol. Sus zócalos rebosaban en rosales y césped vigoroso, bajo una tarde que olía a pena y olvido y cielo pálido. Benedicto aflojó un denso suspiro, se mesó el pelo y procedió a encaminar la calzada que penetraba el interior funesto. Caminó y caminó hasta llegar a dos hileras compuestas por criptas, ordenadas según las fechas. Se acomodó las gafas gruesas que llevaba en un bolsillo, avisoraba a lo lejos las ondas de calor que reprimían al montón de óvalos y cruces. Cuando las nubes pasaron, las criptas se destiñeron y el viejo se tuvo que jorobar para que las camelias tomaran la frescura de su media sombra. Apenas se escuchaba el eco de sus pasos una vez frente la cripta objetiva.
   Que estrambótico fue el caso de los hermanos Irzubeta, murieron jóvenes, algunos tuberculosos en tiempos en que la ciudadela se componía por un manojo de calles horizontales. Los señores padres de Benedicto simpatizaron muy bien con los Irzubeta, a pesar de que fueran unos mezquinos aborrecibles. El viejo recordó la noche de sus caídas, fueron penosas, no por los hermanos, se debía a que las doncellas de rasgos armoniosos y siberianos se resquebrajaba en llantos frente el círculo de los infelices del pueblo. No obstante, los padres, siempre se limitaban en dejar una rosa azuleja en cada muerte de sus nueve hijos; “Cuestión de cultura” decía la madre. Con excepción de Igor Irzubeta, el hijo menor, los padres le pagaron con empanadas y vino a un par de vagos para que mandasen el cuerpo del niño dentro de la cripta como si de un trámite judicial se tratase. Se estaba corriendo el rumor de que era una familia de locos que mataban a los hijos. Después de una arcadia a la noche,  partirían del pueblo para no volver jamás. Igor murió a sus catorce años, erase dos años mayor que el Benedicto de aquel entonces. 
   Abrió el maletín, saco un ejemplar de su humilde poemario y lo colocó en el rejado de la puerta “Dichos escritos recalcan y trasmiten los desgarros de un hombre de noventa años, traté de trasmitir algo de compañerismo y fidelidad. Nada ajeno a lo que sus ojos de niños promulgaban con el más sublime de los vigores Don Igor Irzubeta” -Dijo el viejo frente la cripta y siguió su camino.
   El campo o mejor dicho; el primer radio de 3km a la redonda estatuía lapidas y arquitecturas funerarias más pintorescas en sus cimientos; las que llevaban, foto, numero, flores, y nombre completo. El viejo había llegado a él margen del primer círculo, el otro extremo propendía los cenotafios abandonados de niños o de personas cuyos cuerpos no se han encontrado. “Estos suelos deben de tener sus historias y peripecias”- dijose el viejo al tanto que acariciaba la cabellera de las camelias con el mentón. Sacó de un bolsillo un papel con signos escritos que indicaba a través de dibujos las yardas y los círculos. “Hacia seis cenotafios izquierdo de los Benitez” La tumba de Don Garrida yacía pobrecida bajo un fuertísimo sol que agrietaba sus angelitos de cristal. Perdió lo esencial que toda lapida forjada por la psicología occidental tiende a frecuentar por un determinado lapso de tiempo; sus visitas. Pues son aquellos los que veneran valor a aquellos montones pedazos de tierra. Larrida no creía en dios, creía en la humanidad, quizá lo que lo mató fue cuestionar desde temprana edad la lógica a la cual el hombre se ha encarado la existencia o condenado a lo largo de los tiempos. “Luchar contra la regencia del espectáculo que banaliza la devoción de nuestra cultura” solía repetir frecuentemente con su mal genio. Murió en la calle. Siendo un charlatán destruido por dentro. “Gracias a ti, experimenté las desgracias de todo jovenzuelo visionario” Se aprende tanto de ello. Dejo un ejemplar sobre su tumba y prosiguió con el recorrido.   
   Su paso llegó a un límite relevante, proseguía el cruce con artes funerarias compuestas por dos barras de hierro. Antes de reanudar la caminata, recurrió a la hospitalidad de una tumba que yacía en su costado, tomó el vaso esmerilado que mantenía unas flores de pétalos arrugados e incrusto el recipiente de vidrio en sus labios; una linea húmeda se secó en medio de su lengua. Bastaba un trago seco, el recaudo crucial para continuar la partida.
   Ya recorridas unas sesenta yardas. Se rascó las manos, las ondas de calor lampiñaban la piel y suspendían colores estrambóticos. Se recostó al lado de una lápida corpulenta de barro; abría la boca para beber de la frescura penumbrosa.
    Al pasar de las décadas, las baldosas del sendero fueron absorbidas por la tierra funesta. Aquellas pobres tumbas ya no recibían visitas, no por vetustos, en la ciudadela moran muertos que cumplen un patrón determinado de circulación peatonal bajo la regencia de los monitores.
   Después del segundo circulo, las cruces se encadenaban entre si hacia los confines del horizonte. Benedicto rechistó, y apeló a continuar, franqueando meticulosamente las cruces de hierro oxidado, pisar una tumba le hubiera sentado mal.
   Con pisadas de avestruz, llegó a los cimientos del tercer círculo, ya se entonaba los cantos de los gorriones de la soledad. Tanto el cómo el pedazo de papel, perdieron el sentido de la orientación bajo un solo que daba rebencazos. Sus pupilas se inquietaron y en aquel instante reconocieron a una tumba de piedras blancas. Reivindicar las ideas al terreno, su destino se hallaba a menos de cruzar los altozanos que yacían frente. Cruzar tales relieves consumiría las pocas fuerzas que le quedaba al viejo. En ese ínterin, en medio de los rosales marchitos que la tumba caucásica figuraba; un cántaro vislumbraba su semblante viejo y dorado.
   Un hilo de agua cruzó el interior del cuerpo decrepito con dotes de ser un caminador sosiego de la estepa y los páramos muy experimentado. Hace más de cuarenta años que el vigor no circulaba como aquella tarde.
   Del otro lado de los altozanos, Benedicto acarició nuevamente los pétalos de las camelias. Se mesó el pelo. Frente suyo yacía incrustada en una pared de azulejos la imagen, o el daguerrotipo descolorido de Doña Tatiana Mendelo. Su vitalidad sepulcrosa alimentaba al pelambre del césped.  Repuso las camelias en el sobre su tumba. El viejo sonrió, se recostó en el césped con la vista inerte y manos en los bolsillos.
-Hola tati, tenés muy lindo el césped. Sabes cuidarlo como ninguna ¿Te conté que pienso plantar un sauce llorón sobre mi tumba? Es una buena táctica para no digerir días largos bajo el retazo del olvido. Te comento que ya elabore una serie de “poemas” si es que así puedo llamarles ¿Publicar? Hoy mismo debí de presentarlo en la biblioteca vieja de la esquina “SolMitto” pero… ¿para que? Los pibes de hoy piensan mucho y sienten muy poco. De haberlo presentado, era de seguro que todos los ejemplares terminarían en las bibliotecas o sepultadas en los revisteros, o peor, junto a un calefón. Mis letras les corresponde a mi tesoro, a mi puñado de amigos- Dijose Benedicto y le dió uno de sus ejemplares.

Miró con detenimiento la tumba.
La miró por todas sus laderas.
  
  Retorno el camino a su vuelta a casa por medio de las mismas huellas. Un coloso hoyo hosco anuló su interior, deseando de una vez por todas formar parte de los yuyos, de abandonar los herméticos días que lo encaminaba al resto de una vida insulsa e incolora. Los demás pasos fueron silenciosos. Ya no queda más que pronunciar cuando uno se entrelaza fraternalmente con la desdicha.
   El viejo cesó el paso. En ese instante hubiera caído, dejar que los retazos del tiempo y los cielos lo apretujaran contra la tierra hasta pisar fondo. En cuanto al deseo, desde las dos hileras de las criptas, una voz llamó su atención con tendencias de vigilancia. Era Don Julio Darío, el sereno del cementerio.

 -Don Benedicto… ¿No sabe qué horas son estas?

-Lo lamento- jamás en la vida- ya me iba.

  Darío lo dirigió a la salida con una mano en el hombro. El sereno recordó su niñez, los vecinos decían que el viejo tenía problemas. Por su parte, Benedicto ansiaba las ganas de morirse a los aspavientos, de caer en un pozo sin flores. Tales necesidades fueron negadas por su onerosa carne marchita que ya había ofrecido mucho esfuerzo físico por hoy del cual no podía desprenderse, en aquel instante se aproximaban cada vez más al portón.
  El sereno la miró “pobrecita su hija, hace lo que puede, pero el viejo tiene problemas”

-Gracias, y hasta luego Julio.

   Dirijiose por la calle de tierra hacia la estación, disecado por la melancolía. Al cruzar la calle frente la estación con las manos en los bolsillos. Una vos vinole de la ruta colindante. 
-¿A dónde vas Bacanazo?
  En su costado, se posaba una carroza con luces olor a garrapiñadas con dos caballitos. Dentro sonreía Doña Tatiana Mendelo. Si! Erase ella, le guiño el ojo y a Bendicto se le resbaló la dentadura de la boca.
  
-¡Oh Tatiana! ¡Mi Tatiana!

                       Subió a abrazar a la dama, y la carroza siguió el camino. Cuan problema tenía el viejo. Rita rió por dentro, sintió la erección de su viejo. Ella tenía cierto parentesco.

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