
En plena media tarde helada, Víctor De Lucía se dirigía a
Puente
Hermes.
Esta ciudadela se ubicaba detrás de los grandes picos helados. Se trataba de un
pozo polvoriento sin torres altas. Tenía fama de ser la zona más pacífica y
silenciosa de todo el hemisferio.
Su carroza cruzó el gran rio que lo
bordeaba como un brazalete. En el rozar de las rocas, Víctor cerró los ojos, abrió
sus oídos, durante el largo viaje pensaba sobre los regocijos y sorpresas que
les brindaría estas tierras desconocidas. Por sus arduas tareas y trabajos en
los últimos meses, se encontraba muy cansado, sobre todo por las tareas que
habían chocado con sus trabajos, machacándole la esencia del “placer solitario”. Hasta que al fin pudo
escapar de su ciudad natal para un prolongado descanso, es más, su trabajo
trataba de eso; caminar, observar y explorar sin olvidarse de recurrir al “placer solitario”.
El carruaje fue pasando por los primeros
cipreses. Víctor comulgaba junto al ambiente, abrió los ojos una vez que los
caballos frenaron frente a su destino. La estructura del hotel parecía rígida y
débil al igual que ramita de laguna. Víctor pasó por alto ese detalle al notar
ciertos rasgos góticos que sostenían grandes ventanas iluminadas, parecían los
ojos de la estructura. Cruzó los tres escalones y de repente tuvo la
incomodidad de que se olvidaba algo; llevaba mucho equipaje para lo previsto.
Una vez adentro, notó que el vestíbulo
estaba demasiado iluminado para su gusto, miró entres sus paredes y se encontró
con unos cuadros de pintura. En la recepción, una mujer se hallaba internada en
su escritura; su reflejo era agradable, Víctor siguió guardando silencio
mientras admiraba su pluma, repentinamente la mujer alzo la vista.
-Buenas noches, ¿en que lo ayudo?
Víctor saco una tarjeta.
-¿Una reserva?- trató de recordar sus ayeres- ¡Oh claro! acompáñeme.
La siguió por el corredor, donde había más cuadros.
-¿Quiere que le ayude con su equipaje?
-No está tan pesado- balbuceó Víctor convencido de no dárselo ni por todo el
puré de manzana de california.
Subieron la escalinata entrándose al
segundo piso, en donde había más cuadros. Una vez frente a la puerta de la
reserva, la encargada sacó un manojo de llaves, antes de retirarse le comentó que
cualquier inconveniente ella estaría abajo. Dado así su llegada Víctor
inspecciono su cuarto, había un reloj de mármol con un péndulo muy bonito,
algunos entrepaños y una gran ventana; sin embargo no era la que había visto en
la entrada. Su cristal apuntaba al gran monumento del pueblo El
Puente Hermes. Víctor ya había planeado que esa sería su primera
salida, pero debido al cargado cansancio que aguanto desde el comienzo de su
largo viaje, se hecho a dormir.
La conciencia le cayó hasta el suelo,
sus oídos cargados de despabilo presintieron que la pared colindante reflejaba
los balbuceos de otros huéspedes, se escuchaba el sordo parloteo de alguna
pareja. Este detalle poco estéril le animo el sueño a Víctor, yéndose a las
nubes tranquilamente por solo un momento, con la idea vaga de que no se
encontraba solo en una casa del árbol. La noche era muy temprana, cada tanto
abría los ojos dejando su cuerpo inerte, concentrándose en ese silencio
incomodo que picaba como mosquito de verano. Estipulaba la búsqueda de voces
cercanas, todos estaban tan callados; fue en ese momento cuando sus oídos se
perdieron en la delirante impresión de haber escuchado un grito femenino, algo
raspante. Rompiendo el capullo de las sabanas, despertó y permaneció sentado.
En los últimos meses tenía la fría certeza de que su conciencia le jugaba muchas
cosas en contra, y el hecho de suponer qué solo se trataba de graves problemas mentales
lo volvía enfermo. Llevándose los índices frente a su divagante mirada, recordó
que había leído ya hace bastante tiempo un informe sobre Puente
Hermes;
“un
lugar que paso por una grandes disputas y altercados, de momento es tan
pacifica como un cordero, un buen lugar para recuperar las fuerzas”.
Su presbicia se acostó buscando
nuevamente su sueño, pero sus oídos fueron irrumpidos. De repente la habitación
halló abrir un ojo, el vidrio camuflado por el compacto de la noche empezó a
iluminarse, destellos ígneos e amarillentos palpitaban frente a su otra cara.
El huésped esforzó todos sus sentidos para ver si se trataba de un incendio;
por un momento la habitación empezó a temblar. Chocó las palmas junto con las
rodillas y se acercó con cautela a la ventana. Detrás de ella sonaron dos
estruendos polvorientos. Contuvo el aire y asomó la mirada, delante de sus ojos
se hallaba el mismísimo puente de arco rodeado de una muchedumbre furiosa en
sus dos entradas, y para la impresión de Víctor varios de ellos se encontraban
armados. El rio de bajo caudal se hallaba bordeado por árboles donde los
desaforados tomaban cobertura y cargaban sus rifles, del otro extremo los
pueblerinos se atrincheraban junto a una vieja carroza. Apenas pudo notarlo, en
medio del puente se expandía una extraña nebulosa roja que cegaba todo contacto
hacía el otro extremo, y a pesar de los ruidos, dio por sentado que el lado
contrario poseía mayor armamento. Mientras ambas cabezas se las ingeniaban para
salir victoriosos, Víctor percibió que dentro del tumulto caminaban mujeres
enarbolando antorchas a la par que alentaban al equipo varonil como barras bravas.
Del otro lado, uno de los pueblerinos puso más densa la situación cuando corrió
hasta el medio del puente con una antorcha apagada en la izquierda, pegando con
furia una serie de inescrutables panfletos sobre su comunión. Su flacucho torso
fue un blanco fácil, sé mantuvo de pie hasta el final como si el fuego le
resultase indoloro; formando parte de la nebulosa roja.
Víctor miraba sentado de rodillas,
convirtiéndose en espectador de cualquier mosca guerrillera, trató de buscar
sus herramientas sin despegar la vista de la ventana; debía anotar varios
puntos del asunto, manoteó todo el parco entorno de los muebles, la maleta se
encontraba bajo la cama; se las arregló para alcanzar sus valijas estirando sus
pies descalzos. Los tiradores se felicitaron unos a otros por sus tiros al blanco,
y tras este acto imprudente comenzó el contraataque. Bastó el hecho de
descuidarse un momento de la ventana para que se sofocase un estruendo de
disparos. El equipo contrario tomó coraje y en docenas arrasaron con asperidad al
sardinel del sector enemigo. En un abrir y cerrar de ojos, el equipo varonil
fue baleado de pies al cuello, las mujeres de las antorchas salieron disparando
por las calles, pero la mayoría no alcanzó ni a mirar a sus espaldas. El espectador
apagó las llamas de su candelabro al ver que ya no quedaba nadie en su sector, no
llamó la atención de los desaforados, se hallaban ocupados saltando arriba de
las mujeres que drenaban su sangre por la acera. Se reían al ritmo de los
disparos a la luna, y en medio del puente había un bellaco cantando a pasos de
cabriolas. Envuelto en una fría trémula, el huésped anotó ese detalle en particular.
Demasiado tarde para la ocasión, se le filtro el pensamiento de <<¿Qué
pasa aquí?>> <<¿Dónde está la milicia?>>. No cantaron
victoria por mucho tiempo, los invasores quedaron pasmados de terror al ver el
encender de las luces de una taberna que se encontraba en una de las esquinas,
de la puerta marcharon en fila india un manojo de carabinas contraatacando. Los
cabriolitas perdieron su cobertura y los varoniles volvieron a requisar de su
rincón. Adepto a los combatientes de su lado, buscó una silla, tomo el
candelabro, encendió sus cinco cabezas y siguió mirando con cautela, presagiaba
que algo terrible sucedería. En un destello de disparos, ambages e gritos de
agonía; Víctor sujetando su medrosa conciencia, se pone a trabajar tomando
cobertura entre las sombras.
II
La voz matinal entró a la par del diurno trino de un gorrión,
despertándolo repentinamente de un sueño imprevisto. Su labor había quedado a
medias, su pellejo se encontraba impecable, alzó la vista con cuidado, no pudo
creer lo que pasaba; la acera estaba tan gris como las nubes. En su alrededor había
niños correteando por la calle, en las vereda estaba el carnicero charlando con
el verdulero. Del otro lado, la vereda, los caminantes no demostraban rencor
alguno, los pocos rostros despiertos se sonreían entre ellos.
Escarbando en la hipotética querella
de anoche, tapó su cuadro con una tela, bajó la escalinata de mármol y se
dirigió a la antecámara. Por lo visto, los huéspedes se encontrarían allí
tomando tazas de té y departiendo sobre la catástrofe. Víctor trataba de buscar
una mesa disponible en el extenso rincón. Cerca de la ventana se ocupaba un
señor de fino bigote ojeando sus tres libretas sobre la mesa asilada. Se acercó
a su mesa mirando los nuevos cuadros.
-¿Le molesta si me siento?
-Para nada.
Sus miradas no se cruzaron, en la mesa
reposaban una cesta de bizcochos y otra de pasteles junto la tetera, el lector
bigotudo requisaba de la única taza, la tenía al borde de sus libretas;
demostraba una buena maniobra en sus reflejos.
El rumor de las conversaciones que se
oía por doquier lo obligó a observar en su entorno. Todos los huéspedes se
hallaban desayunando y contando con su presencia, se trataban de siete
personas. A pesar de la escasa iluminación que se filtraba por los resquicios
de las cortinas, podía leer sus gesticulantes rostros, pero ninguno nombraba el
tema de anoche. Al lado de un perchero en donde colgaban capas y capotes (muchas
de las cuales tenían cuello de castor y vueltas de terciopelo), un niño de
hurtadillas trataba de manotear el clavicordio, mientras la madre conversaba
sin cuidado, Víctor observo su rostro pero esta se encontraba en otro planeta.
Sorprendió a su compañero mirándolo.
Largó un denso suspiro y extendió las manos sobre la mesa.
-Vaya noche.
-Qué noche Bariloche- contestó el señorito con la vista en sus libretas.
Los dos se sonrieron, y con su taza en la mano iba a presentarse pero Víctor se
adelantó.
-Víctor De Lucia a sus órdenes- dijo extendiendo su palma abruptamente.
-Del puente, Nicanor Del Puente- y estrechó su mano esbozando una leve sonrisa-,
se ve que durmió bien.
-Bastará decir que fue una noche dura- y con su brazo estirado engancho un
bizcochito-, siempre soy el último de enterarse de todo.
-No lo dudo Víctor, pero gracias a ello pude tomar algunos recaudos.
-¿Enserio? Yo también eh tomado notas.
-Qué curioso… ¿en que anda enfocado?
Sus palabras lo sacaron de orbita,
volvió a mirar a su entorno y no hubo sorpresas ¿acaso fue el único en ver como
jugaron con la muerte anoche?
-¿Acaso soy el único que vio como jugaron con la muerte anoche?
-Oh, no, permítame explicarme, veo que usted no lleva mucho tiempo aquí. En mi
caso llevo poco más de dos meses, y anoche estuve estudiando unos viejo
informes sobre esta localidad- dijo Nicanor mientras agarraba la segunda
porción de torta.- Lo de anoche no es nada nuevo, y cada vez se está poniendo
peor.
Sus palabras lo relajaron. Tras esta
noticia, Nicanor guardó sus libretas y puso los codos sobre la mesa.
-Bastará comentarle que se trata de una disputa por antojo territorial y por
varias razones, se tienen mutuo odio. Como verá- Nicanor señalo las espaldas de
Víctor. Se hallaba la señorita charlando con unos de los guardas en la entrada
principal- Los guardas solo caminan de día, es su ley, de noche esto se
convierte en una jungla.
-¿Y qué hacen de día?
-Pues vienen a preguntar si hubo problemas por lo de anoche, si alguien está
herido. Aunque no estoy seguro que en todos los hogares pregunten lo mismo.-
repuso Nicanor limpiándose los labios. Víctor dejo solo la mitad del bizcocho
al verlo con su cara aburrida.
-Si me permite decirlo, le recomiendo que salga de aquí lo antes posible. En este
meollo solo pasan desgracias- dijo plasmándose más y más en el rostro aquilino
de Víctor.
Su respuesta lo incomodo, pero también
lo incentivo:
-No me parece, al igual que usted, puedo arreglármelas. Por otro lado, eh
venido hasta aquí para realizar uno de mis grandes propósitos. -replico Víctor.
-Me conforma su idea Víctor, pero… ¿Acaso no hay otro lugar?
Víctor no respondió.
-En lo que mí respecta, estoy en medio de posiblemente uno de mis grandes
trabajos-Nicanor esbozo su leve sonrisa-. Soy historiador, y debo escarbar en
cada rincón de este meollo. Todo esto es un proceso paulatino. De momento deduzco
que se trata de un asunto algo inefable, me joroba bastante no darle más
información. Tengo vagas e aburridas hipótesis que algún día si usted gusta,
podría comentarle. Le reitero igual que nada de esto…
-Yo también estoy metido en uno de mis grandes trabajos. Lo que esta ciudad
padezca o me regocije no interpondrá tablón ante mi obra- replico nuevamente
con gran entusiasmo.
-¿Y? ¿Qué es lo que hace?
-Para esta ocasión, estaba pensando en algo de Bumguardismo.
-Cosa?
-BUMGUARDISMO.
-Me lo ripeti?
Víctor largo una carcajada.
-Se trata de realizar una obra experimental e innovadora Bumguardismo,
así lo llamo yo.
-¿Qué? ¿De dónde sacó eso?
-Es un movimiento artístico creado por mí.
-Oh! Comprendo plenamente- balbuceó Nicanor. Llevo sus dedos hacía la taza, su
té estaba helado.
-Por lo que me comento, iba a decirle que en…
Nicanor sonriente alzo su mano.
-Hola Bertha.
-Buenos días- dijo Bertha sobre las espaldas de Víctor-, ¿desean más té?
-No,
estamos bien… ¿Conoce a Víctor?
-Oh
si, llegó anoche- respondió Bertha, lo miró, estaba cabizbajo hundido en otra
índole. Bertha quería preguntarle qué opinaba de la reserva, pero vio que no
era el momento.
-Si quieren más te, avísenme- dijo mientras se llevaba las sectas vacías.
-¡Bertha!- la llamó Nicanor recordando con la boca abierta que era lo que iba a
decirle-. Avísele a su padre que iré a cenar esta noche, habrá buenas nuevas.
-Entendido. Seguro a la tarde me doy una escapada.
Ella se retiró de la escena. Víctor
miró en su entorno, solo quedaban ellos, miro su reloj de arena, había perdido
demasiado tiempo.
-Así es Víctor- dijo Nicanor.
-Debo irme, fue un gusto charlar con usted- dijo Víctor dándole la mano.
Sin más palabras, se la estrechó. La
antecámara y los corredores quedaron vacíos. La tarde se llevó a muchos
huéspedes a dar paseos. Dentro de ella, Bertha no solo era la recepcionista,
también debía lidiar con la cocina y la limpieza, ya que en las últimas semanas
su padre (que era el propietario) no consiguió trabajadores ni con las mejores
ofertas. La hija no soportaba las arduas tareas, los gajes la
torturaban de día y también durante sus noches de insomnio. Pensó en ir a
hablar esa mismísima tarde, aparte de dar el comunicado de Nicanor, debía estar
al tanto de sus planes. Su padre también era propietario de uno de los lujosos
hoteles que poseía el pueblo, este se encontraba al otro extremo del puente y
colindaba con una calle lateral al igual que esta. De día podía cruzarse
tranquilo, había guardas inspeccionando. Veces pasadas, el miedo surgió en el
pueblo cuando de día aullaban los disparos, se debía a que mutuamente los
pueblerinos escondían dinamita hasta en los zapatos.
Durante las tardes, Víctor claudicaba
todo contacto y recorría los pasillos. Una tarde se cruzó con Nicanor, que
estaba siempre anotando hasta el crujir de las sillas.
-Hola Nicanor, ¿trabajando duro?
-Caminata de tres horas.
-Trabajo de vagos y maleantes.
-Hay que sentarse lo menos posible.
Los dos compartieron carcajadas y se
despidieron de la tarde. A Nicanor le bastaron días después para sentirse escarpado
por aquella breve charla. Supuso que Bertha se encontraría en la cocina, todos
los rincones se hallaban desolados. Desde que comenzó alojarse allí notó que
los huéspedes solo pasarían las noches después de cenar en otra parte. Tras
este hecho, muy descuidada y angustiada elevaba los más duros trabajo para la
noche, pues durante el día casi siempre estaba sentada mirando las paredes del
vestíbulo. Inquieto por su despabilo, Nicanor se acercó a Bertha para un último
favor.
-Está bien, pero yo tengo un límite.
Bertha abandonó la cocina, tomó un
plumero y paso por todos los muebles de los corredores. Se sentía estúpida
puliendo el mismo trasto, y más aún cuando comenzó a dudar de que quizá no
estuviera allí. De repente se escuchó abrirse la puerta.
Bajo por la escalinata con algo de
prisa e imprudencia, Bertha se sintió invisible. Vio cómo se acercaba a unos de
los cuadros, notó que su nariz se estaba apoyando junto a uno de ellos.
Mientras se acercaba, guardo el trapo que llevaba en sus manos. Víctor estaba
quieto como un ratón contemplando el autoretrato.
-¿Le gusta?
-De todo los autoretratos, este es mi favorito- declaró Víctor sin despejar la
mirada.
-Pues… este también es mi favorito. Es de la autoría de Ms Akakievich
Víctor se volteó, sus miradas se chocaron.
-Él es mi padre- declaró Bertha, llevo su vista hacía sus pies, la mirada de
Víctor era penetrante.
-Oh… ¿reside en esta misma localidad?
-Si… aparte de este, también es propietario de otro hotel.
-Espero tener la oportunidad de conocerlo.
Bertha sonrío entre labios, sus manos
estaban frías y había olvidado lo que iba a decir.
-Sr De Lucia… le aviso… que en caso que necesite limpieza en su habitación… usted
puede pedírmelo a toda hora-Propuso Bertha algo insegura.
Víctor bajo su mirada por un momento, notó que tenía desatado el cordón del
zapato izquierdo.
-Se lo agradezco, pero allá arriba hay un desorden… o mejor dicho, un ambiente
de trabajo en la que puedo convivir perfectamente.
Bertha mantuvo la vista baja, no esperaba esa respuesta.
-Al igual que su padre, me gusta mucho pintar.
-Oh, ¿de verdad?
-Si… ¿Qué? ¿Ya lo sabías?
-Lo sospechaba- dijo Bertha, desde un principio sintió curiosidad por su
equipaje-, a mí también me gusta pintar, pero hace mucho que no tomo el pincel.
-¿Por qué lo dejo?
-Simplemente no era buena- contesto Bertha, recordando sus ayeres de fuego.
- Yo soy un pésimo pintor. Los que me conocen admiran mi ingenio para crear
cuadros. Según dicen, mi arte es muy pintoresco y multifacético.
-Discúlpeme… pero jamás oí de usted.
-Bueno. De donde vengo también tengo muy mala fama- dijo Víctor ya apuntándole
con los ojos- Ya nadie quiere a un artista experimental e innovador.
-Que difícil debe ser eso.
Por un momento compartieron un
desagradable silencio. Bertha debía decírselo pero esta vez fue Víctor:
-Discúlpeme por favor, debo volver a mi trabajo.
Víctor volvió a cruzar la escalinata
dejándola plantada. Entró a su cuarto, sintió comezón, estaba trasudando como
nunca. Meneo abruptamente la cabeza y se dirigió a la ventana, contempló por
largo rato el cielo, el suelo, su cuadro, volteo, encaro el péndulo, se meso el
pelo con la izquierda y sujeto su idea con la derecha, la misma le meso él pelo.
Con la conciencia bien colocada, sabía que debía de prepararse para días de
fuego.
III
Después de un frio almuerzo sintió que el deber lo
llamaba como nunca antes, la cabeza le hervía y sus manos estaban inquietas. Partió
con todas sus ideas a las afueras del sector iluminado; recorrió las calles
asfaltadas, desde ahí siempre miraba el misterioso puente de arco, lo miraba y
él lo miraba. “¿En dónde leí eso?” pensó su caminante cerebro. Su paso lo llevo
a encontrarse con el sitio más negligente del pueblo; le recordó a su aventura
por los arrabales cochabambinos, por su despedida, Víctor empezó a reír solo. Las
calles parecían lagunas y las viviendas carecían de vida. Pensó que Puente
Hermes
le había dado la bienvenida con su índole más torva, y aun así con las mejores
intenciones, quería que se fuera y jamás vuelva.
Surcando entre los arrabales, Víctor
encontró una taberna, se podría decir que estaba en estado de aseo; aquello
constaba en despedir baldazos de agua verdosa por la ventana, dejando en su
vereda un charco maloliente. Era un cuadro perfecto, le recordó a sus inicios,
en la cual recorría calles enteras en busca de nuevos colores e ideas. Sentía
llamados a sus espaldas y entre tanto silencio su curiosidad culminó cuando
escuchó algo parecido a las risas de unos niños, venían de la taberna. Se mesó
su suave pelo y rodeo la cantina que ocupaba toda una manzana, cuando estaba
dando la vuelta su cuadro le había hecho recordar el mensaje de Nicanor, había
recelado ante la probabilidad de que estas desoladas tierras profanas caerían en
picada, le había comentado que partiría en tan solo tres días, noticia que
podría estropear su plan.
Llegó hasta su parte trasera, y allí
se hallaban pilas de barriles, algunos destrozados colindando con baldosas de
vino. Entre todos ellos, venían gemidos inarticulados <<Aaghh-Ayyangghsz>>.
Unos
niños estaban lanzados avellanas a un lastre tumbado de boca.
- ¡Aaghh-Ayyangghsz!
Los niños le daban con más fuerza, y
el degradado por el vino parecía estar a gusto. Uno de los niños se desprendió
al ver a Víctor sentado en uno de los barriles contemplando la escena.
-¡La milicia! ¡Huyamos!- dijo uno de ellos, tomaron sus trapos y salieron
disparando dejando atrás al más pequeño descalzado.
Víctor lo adelantó con un puntapié. Al
despejar la zona el pordiosero de rasgo mulato se puso de pie, se limpió los
harapos con sus manos, las mismas se agitaron al compás de sus arcadas. Víctor
se mesó el pelo, notó que llevaba nariz rojiza y estaba perdiendo pelo.
-¡Qué bonito! ¿Ahora que quiere Aaghh-Ayyangghsz?-
preguntó el pordiosero.
-Escuche, no soy policía- respondió Víctor levantando las manos-, solo vine a
proponerle algo interesante.
-¿Algo interesante? ¿Un envite? ¿Por qué no se va a Aaghh-Ayyangghsz!!!- ladró
el pordiosero con cinco uñas en la barriga en búsqueda de un barril.
Víctor retrocedió para no mancharse de
su abyecto vomito. Desesperado miro a su entorno; se encontraban solos.
-Pregunta ¿Qué harías por treinta ochavos?
-Pues… darle un puntapié a cualquier mocoso.
Su gracia lo repugnaba. La trama de la
tarde se había tornado dura y lo había llevado al hartazgo.
-¡Es broma hombre!- tosió el borracho- permítame presentarme, me llamo
Javierto.
Víctor siguió tomando distancia, no
quería estrecharle la mano.
-Bueno, proponga lo que tenga que proponer.
-¿Qué haría por cincuenta mil ochavos?
-Pues… dejar de beber, supongo.
-Mire- dijo Víctor mostrando los diez dedos-, le diré cuál es el plan, pero
antes caminemos un poco y de paso cuénteme sobre su situación.
-¿Mi situación? ¿Caminar?... ¿Podemos pasar por el museo de cera?
-De seguro, pero usted ya me dio el si- dijo Víctor mientras miraba la postura
del sol.
-Bien, de seguro se trata de robar otro “esos” de esas ancianas.
-Andando.
-Espere- gritó Javierto. Del piso tomo un trozo de madera y se lo llevo a la
boca-, necesito comer algo.
Durante el camino, el plebeyo de
Javierto hablaba como una anciana, para colmo caminaba en zigzag, no era porque
estaba choborra, era porque sufría de inanición. Le cuestionaba toda la obra, Víctor
llevaba la paciencia bien puesta. Dentro del pequeño museo, fue cuando Víctor
le propuso su idea. El museo se jactaba de descuido y baja ausencia, estaba
aquello que Víctor buscaba, pensó regresar más después, y Javierto como un
pastor alemán lo seguía a todas partes. Finalmente fueron a la taberna ya
mencionada.
-Cincuenta mil ochavos me parece una bagatela.
-Está bien- dijo Víctor mesándose el pelo-, calcule todos los gastos, y por
último envíelo a mi despacho, el dinero es lo de menos.
-Comprendo jefe… ahora déjeme comprobar si tengo todo claro- dijo Javierto y
empezó a enumerar con sus dedos- primero, voy al museo nuevamente, segundo,
tomo el paquete que están dentro del gorro de dante, tercero; armo el
bochinche, cuarto; voy nuevamente al museo esperando mi dinero de inmediato.
-Perfecto.
Brindaron en la barra en el nombre de
la obra y todos los presentes. Entre risas y llantos, a Víctor le golpeo la
vista de la ventana; estaba cayendo la noche. Se despidió de la parranda, y por
undécima vez pidió a Javierto que repitiera su numerito. Partió con apuro hacía
el hotel, si más interacciones entró a su habitación, no bien acababa de
pronunciar un suspiro vio que en la ventana titilaba explosiones y entre la
pared retumbaban los disparos. A pesar de un sinfín de estruendo, Víctor pudo
pegar los parpados para llegar a las nubes. Llegaría su día para romper esta
discordia, el día en donde terminaría su trabajo.
Las luces de la antecámara todavía
vivían. Bertha estaba más activa que nunca, iba y venía con jarras de café y
bizcochos. Nicanor, el único huésped se hallaba despierto departiendo de sus
toques finales con el propietario, Igor Akakievich.
IV
El noveno día llegó, y con él, se dio a luz el hecho de
que ninguno de los sectores había salido victorioso, el puente y sus polos se
hallaban devastados por cuerpos apagados y sangrientos. Un grupo de pueblerinos
solía retirar los cuerpos de las veredas, llevarlos a sus casas y dar el
comunicado, este hecho unánime funcionaba como llave nueva, fue esa mañana en
que los caídos recibieron un digno entierro.
La milicia tocó la puerta del hotel,
esta nunca sabía de nada, la misteriosa e inaudita respuesta fue que nadie
atendió.
Desde su ventana, brillaba la llegada
del amanecer. Se armó un éxtasis, tomó sus herramientas e interno sus ojos en
el polvoriento reloj. En cuestión de minutos, Javierto debía de cumplir con su
hazaña.
Los golpes no se detenían, Bertha
estaba que explotaba. Su letargo la llevo a rodear descalza el vestíbulo, por
el hecho de que su padre junto a Nicanor se hallaban charlando en la
antecámara. Desde una larga mesa, Nicanor aún estaba retocando sus últimos
términos, junto al Akakievich que por cierto, formaron una sólida amistad desde
los últimos años. Ante su llegada, él propietario le informo acerca del
problema. Junto a él se estaban adentrando a tierras insondables que carecían
de documentos, bibliotecas y hospitales. Los datos guardados por Akakievich lo
llevaron a enredarse en un error de redacción y dato histórico.
-Por ahora, estoy viendo que mi historia sigue sin un final congruente- dijo
Nicanor revisando una de sus cinco libretas tendidas en la mesa-, tendré que
posponer mi partida para la semana siguiente.
Akakievich lo veía boquiabierto,
enarco las cejas y se levantó de la mesa.
-Entonces tendrás que buscar otro lugar para dormir- le replicó con los ojos
sostenidos por la cafeína-, Lo siento, es que ando muy apretado últimamente.
-No es problema, ya conseguí otra habitación.
Akakievich le asintió con la cabeza,
la noche fue muy larga, y sabía que el tanto como él, solo querían llegar al
final; seguía sin entender su concepto de “fuego lento”.
Le llamó la atención a Bertha, se puso a barrer el vestíbulo. Retorno su vista
ante la antecámara, empezó a dar vueltas y desde giros vio que había uno de sus
autoretratos presentes, notó en ese imprevisto instante el toque antipático de
su rechoncha figura. Sintió un dolor agudo en la espalda, volvió a tomar
asiento, Nicanor no despejaba la vista de los papeles.
Óyeme Nicanor- dijo suavizando el tono- si hay alguna cosa en la que pueda
ayudarte, solo dime, yo por mi parte…
Sus miradas se cruzaron, Nicanor se puso de pie con
desinterés.
-Olvide algo en mi cuarto- dijo mientras salía por la puerta.
Bertha entró con más café, sus pasos
iban a medias, tenía previsto que tampoco dormiría esa noche. Interpolando con
cuidados las cucarachas sobre la mesa, un repentino silbido agudo desgarro sus
reflejos, manteniendo el equilibrio derramo una de las tazas sobre las rodillas
de su padre.
-¡Estúpida!- le regañó.
En vez de ir corriendo en busca de un
trapo, trató de buscar respuesta por la ventana. Mientras Akakievich se
limpiaba con las palmas.
-¿Qué haces?- preguntó su padre con mucha rabia. La miraba, ella caminaba como
muñeca, y notó que llevaba el rostro pálidamente azulejo.
-Eso… Creo… que fue una explosión.
-¿Qué? ¡Yo no oí nada!- le gritó Akakievich-, mejor limpia esto antes de que
venga Nicanor.
Sin rechistar, fue hacía la cocina rechinando
el suelo de tablones. Con la mandíbula bien aprieta miró hacía la ventana. Estaba
don Winston, el gran criadero de caballos rechinantes y zapateadores, enrojecía
con rebencazos a los pobres potrillos. “A esta le vendría bien unos buenos
sopapos” pensó Akakievich entre dientes. Bertha se estaba tardando demasiado. Con
la paciencia machacada fue en su busca; o al menos eso iba hacer, si no fuera
por el temblor que golpeo aquel instante. Desde la ventana la tropilla
desrazonó de su tirano al golpe de una inminente escapatoria, espantados por un
ruido semejante a la erupción de un volcán. Winston cayó como borracho entre
los talones de los potrillos. De los techos y tragaluces cayó una lluvia de
piedras, humeando la sala y sus ojos de un denso polvillo. Padre e hija miraron
pasmados una vez más por la condenada ventana, reflejaba a una multitud
bochornosa. Abrieron las puertas y desde sus peldaños miraron la escena, fue
como si un ser supremo hubiera segregado ambos sectores contra su voluntad. La
gran obra conformada por fragmentos conglomerados, se hallaba envuelta en una
nebulosa oscura y viviente, adyacente de la resplandeciente carcasa incandescente
partida a la mitad, como un turrón de cotillón. Sus rostros se contrajeron en
una mueca de boca ancha y ojo chico. Akakievich llevó las manos a la cabeza,
una tapo su vista del diabólico cuadro, alejó su careto de Bertha para secarse
algunas lágrimas, tan extraño le parecía tenerle cariño a un pueblo sin cultura
y completamente en bancarrota.
La multitud apiñada en sus cuadrillas,
reacciono de modo autónomo; las mujeres abrazaron a sus hijos, mientras los
cabezas de familia junto a unos vagos de la calle tomaron sus garrotes del
suelo, y marcharon con la idea de que se trataba de un acto maquiavélico de su
contrario. Conteniendo el aire, el Akakievich tomó a su hija de la muñeca y
entraron a su hotel con ímpetu.
-Rápido Bertha, tranquemos las puertas- le retó su padre al trote, en busca de
los grandes gabinetes
La entrada principal llevaba un
cerradura fácil para el forcejeo, la fortalecieron con unos anaqueles.
Akakievich mandó a Bertha a tapar las ventanas, ella más despabilada que nunca
buscó las tablas y pichuelas. De la nada escuchó unos pasos, su piel se erizo y
miró por su hombro, era Nicanor.
-¿Hay alguien más adentro? Preguntó el propietario casi susurrando.
Nicanor hizo el típico gesto de tano confundido. Miró con su cara aburrida a Bertha
y preguntó:
-No lo sé… ¿Hay alguien más adentro?
V
De antemano preparó sus cuadros, pinceles y acrílicos, también
había trancado la puerta con el gran reloj de péndulo. Tras la explosión,
diseminó el pedregullo por todos los cielos, dio al blanco en la ventana,
fragmentos de vidrio chocaron con sus manos, tuvo que contener el dolor sin el
vendaje, puesto a que su plan se ejecutó a la perfección, el maldito indigente
de Javierto no había sido puntual con respecto a la fechoría, por un error de
cálculos a Víctor le quedaba poco tiempo.
La grieta era profunda y prolija,
asumió que no hubo heridas leves en su redentor, los pueblerinos replicarían una
nueva guerra en una jungla sin lianas. Sin más preámbulos, tomó sus pinceles en
vista de la escena, “Que inspiradora” pensó Víctor. El trabajo se tornaría
pesado e paulatino, cada segundo contaba. En plena gestación del tumulto
enrojecido, comenzaron a culparse y transgredirse entre sí, dada la posibilidad
de que las cosas empeorarían; su idea de salir victorioso la consideró banal,
la descartó y centro su concentración en el puente de arco. (A causa de una
emisión prolongada por un dolor agudo que picaba constantemente su muñeca). Su
habitación no sofocaba sonido alguno del primer piso.
El método resultó increíble, al menos
para El
Puente Hermes, incluso su ciudad natal se habría estremecido
de haber conocido la dudosa ética de su arte mortuorio en materias escabrosas,
pensó con ironía dibujarle un par de bigotes a la luna en algún futuro.
Al cabo de unas horas, retratando los
más mínimos detalles, pudo finalizar con su faena.
(A pesar de la suspensión pragmática
del pincel)
El cuadro no era reconocible para su
pincel, ni mucho menos su maestría podría acaecer un retrato tan atractivo, la
noche cayó, y el cuadro seco iluminó la habitación, una obra salida de la mente
inicua del íncubo rojo. Era mismísimo Puente Hermes
despegando hacía la faz de la luna, un puente de arco lanzando a todo vapor una
flecha de fuego. Aparte de tener las grandes posibilidades de alcanzar los más
altos honores artísticos, Víctor De Lucia culminó en una medrosa penumbra que
le sacudía sus casillas. Su conciencia cayó como si estuviera muerto,
retumbando su hartazgo con el suelo.
En un instante, las calles acudieron a
una sumisión de silencio. Concluyendo el supuesto fin de todo altercado. Pasó
el tiempo, y junto con ello el muerto amanecer; Akakievich, Bertha y Nicanor
amanecieron manteniéndose distante contra todo contacto del exterior. Estaban
sentados en una misma mesa ocupada por las libretas de Nicanor.
-¡Santo dios! ¿Qué clase de loco pudo devastar el puente de esta manera?- opuso
Akakievich masajeando sus sienes.
-Qué mala pata, yo justo hoy debía estar en “Condes de Libra”. ¿Qué
será de mí?- Se lamentó Nicanor. Miró con minuciosidad a Bertha. Desde lo
sucedido, cumplió con todo mandato de su padre si la menor de las cuestiones.
-Estás muy callada Bertita- balbuceó Nicanor con voz bonachona. Se miraban
mutuamente, algo incómodo para su padre.
-Disculpé Nicanor, debo hablar con Bertha a solas.
La tomó de la mañeca como si fuese un trapo, Nicanor
los perdió de vista cuando entraron al oscuro vestíbulo, ínterin, Akakievich
miró el rostro callado de Bertha, boquiabierto trató de buscar las palabras.
-Necesito que subas y llames a Víctor, parezco ser el único que no lo conoce,
además puede ser que este muerto y nosotros no nos hallamos enterado. Si no
quiere salir, al menos me calmara saber
que está vivo.
Sin rechistar, tomó el candelabro y
fue a cruzar la escalinata, en ese instante Nicanor llamó a su padre como si se
estuviera haciendo pis. Se abrió con las nueve cabezas, llegó al piso, y avanzó
hacía la puerta a pasos ligeros, apoyo su oreja en la puerta blanca, escuchó un
vago tictac, la puerta estaba impelida por el péndulo, se sofocaba el silbido
de una suave brisa, raspaba con las grietas de la ventana. La helada sangre le
llegaba hasta la nuca. Presintió que estaba muerto. Frotando sus frías manos,
mientras trataba de que su corazón no se exalte, bajo la escalinata, fue a la
cocina para calentar sus manos. Bertha entró a la antecámara.
-Golpee la puerta, creó que Víctor está…
-Está bien Bertha… prepáranos café.
Víctor despertó, y con la pestañas de
punta observó la hora, había perdido la mitad del poco tiempo que le quedaba.
Con una tela, cubrió su cuadro con demasiada minuciosidad, tomó sus cosas, se
mesó el pelo y salió de su habitación con cautela. Una vez abajo presintió que
no había nadie, por el corredor llego a la recepción, vio a Bertha con la
cabeza tirada en el mostrador. Se acercó contando sus monedas.
-Buenos días. Vengo a comunicarle que no pienso quedarme ni un solo día más en
este pueblillo, la cosas sobrepasaron lo imaginable- dijo Víctor
despertándola-, aquí le dejo el dinero ya contado. Saludos a toda la familia.
Antes de que Víctor pudiera alzar la
mirada para contemplar la puerta sellada, desde la antecámara fue nombrado:
-Víctor De Lucía- Nicanor lo saludo
sonriendo-, ¿ya se va? ¿No quiere tomar una taza de té?
Sumido por su sospecha, se acercó a la
mesa.
-Buenos días Nicanor- saludó sonriente.
-Siéntese por favor, para usted siempre son buenos días- dijo entre risas.
Reposó su pesado equipaje. Aparte de
las cinco libretas, estaban doña tetera y sus tazas con manzanilla.
-¿Solo nosotros quedamos? Este lugar ha ido demasiado lejos.
-Ya que lo mencionas, hoy debía de estar saliendo de aquí. Las cosas sí que se
han complicado- repuso Nicanor-, si es que estabas pensando en irte, deduzco
que no hay carroza con caballo atado.
Trago un largo sorbo, se mesó el pelo
y replicó:
-Lo tomaré en cuenta, sé guiarme solo, y tengo la seguridad de poder marcharme
de aquí sin tener que lidiar con ninguna pelea.
-No lo dudo Víctor- llevó los ojos hacía la tela misteriosa-, me sorprende que
haya podido ejecutar su obra con todo este bochorno. En mi caso, lo convierto
en un punto a favor.
Antes de que abriera la boca, Nicanor
lo irrumpió.
-¿Conoce el cuentito de La liebre y la tortuga?
-Lo escuché.
-La moraleja crítica a la arrogancia, pero… le diré que tengo otra perspectiva.
-¿Cuál es?
-La versión que eh escuchado, no menciona un propósito cabal por la cual
deciden correr, desde mi juventud eh deducido que aquellos animalitos corría
por su propia vida. En esta vida existen dos tipos de personas, o al menos así
lo considero yo; La liebre y la tortuga. Primero
mencionare a la tortuga, así de paso me conoce un poco. Hoy día son meros
bufones, se arrastran por las sombras del mundo. En mi caso, eh venido a pie
hasta Puente
Hermes, crucé
los gélidos andes a pasos de tortuga, habré tardado unos quince días en llegar.
Ahora usted se preguntará ¿Qué obtuvo a cambio? Caminar ha hecho que medite
cada segundo sobre mis errores, eh aprendido a sentir la calidez del frio, en
las noches, podía tocar la luz de la aurora boreal, me crucé con criaturas que
jamás había visto en las enciclopedias. Una vez que llegué aquí me pregunte
¿Pude haber pasado por la misma experiencia dentro de una carroza?
Víctor no respondió. Tocó su taza, su té estaba helado.
-Este fue uno de los conceptos que cambiaron mi vida. Fue a los cuarenta años
cuando pude por primera vez sentir la calidez de una mujer, y hasta hoy mismo
no eh terminado de estudiar las cosmogonías dentro de la gramática griega. No
obstante, son cosas que solo le interesarían a una tortuga.
Soy historiador, me encanta, es un
trabajo arduo y muchas veces se prolongan las búsquedas.
Por otro lado están las liebres,
persona que se reduce al placer inmediato, actualmente, estas personas
gobiernan el mundo- Nicanor tomó aire- ¿ah ido a Condes de Libra? Allí
parece que todas las personas llevan prisa, muchas dejan de caminar para andar
sentados, muchos dejan de leer para ir al circo o al teatro, muchos dejan de
pensar por que les gusta más comer y beber. Aquellos que quieren cazarse a los
veinte años, eh escuchado que hay un tal Bell que ha creado un aparato para
interactuar con personas desde lejos, en vez de acercarnos a hablar, de sentir
la calidez de la charla cara a cara. Es por eso que en los últimos siglos
nuestra vida se ha reducido a ochenta años, por aquellas generaciones que
asumieron desde el primer momento que vieron la luz, “la vida es muy corta”, no
es así; la vida es sosa y corta cuando vas al trote de la liebre. Eh ahí la
longevidad de la tortuga.
-Escucharlo me conmueve mucho.
Nicanor lo miró de ojos.
-Reconozco a una liebre cuando la veo.
-Ando algo apurado- Víctor fichó su reloj de arena-, tengo que partir. Ah sido
un gusto.
-Dejémonos de ambages- dijo Nicanor mostrando sus diez dedos- usted no solo quiere
escapar como una liebre, está fomentando de que su actor fue glorioso y
honorable... permítame decirle que su acto fue muy maligno. Tuvo la opción de
pasmarse en un proceso prolongado e inicuo, pero usted prefiere arrasar de
inmediato, como un niño que come golosinas antes de la cena.
Víctor se mesó el pelo. Miró en su
entorno. Se encontraban solos.
-Claro… pero, como usted ha dicho… las liebres gobiernan el mundo.
Nicanor le dio tres golpes a la mesa
con sus pálidos nudillos.
-Me temo que sí. Usted puede salir de aquí pasando por alto a este lastre.
De la puerta, alguien rompió el
silencio, era Akakievich. Víctor alzó su mano en un saludo. Este se acercaba
con la vista baja.
-Le voy a pedir por favor… que me entregue ese cuadro- sofocó Akakievich.
Víctor esbozó una risita.
-Seguro, pero primero preséntese.
Akakievich de su capote saco una rodaja metálica, tenía al corpulento Henry Deringer en sus dedos.
-No me parece, entrégueme el cuadro.
Víctor apretujó el cuadro en su pecho.
-¡Espere! ¡Podemos discutirlo!
-Mi cofradía no tiene nada de qué hablar con usted- lo
interrumpió Nicanor- Está muy molesto. Miré, le contare una fábula escrita por
mí.
Víctor lo miró cuajado.
-La tortuga repudia con toda su alma a doña liebre, pero esta no puede hacer
nada, entonces recurre a la ayuda de algún depredador, el zorro en este caso.
Habla con él, el zorro como es astuto se hace amigo de la tortuga, la tortuga
ante todo peligro puede esconderse en su concha. Le susurra en el oído sus
planes, este le sigue el pie de la letra, finalmente acorralan a la liebre,
está no puede hacer nada, mucho menos correr.
Lo único que a Víctor le entro en la
cabeza, era que debía escapar.
-Su iniquidad me ha destrozado-dijo Akakievich.
-¿Sabes algo?-Nicanor se puso de pie- si usted no quiere darnos la pintura, no
hay por qué obligarle. Ya se ha condenado, a una condena larga y propensa para
una liebre.
-¡De pie!
Se levantó abrazando su obra. Nicanor
guardó una de sus libretas y sacó otra. El pistolero estaba como cangrejo
ermitaño.
-Por favor, antes de que partamos, me reitera aquella palabra extraña.
-Bumguardismo-
esbozó mecánicamente.
-En marcha
Lo condujeron hacía la calle con las
manos en alto, una vez con el prisionero afuera, de pies al cuello les corrió
una brisa helada como agua de pozo. En el firmamento de los pabellones se
revolvían como peces fuera del agua personas desnudas y severamente golpeadas.
Los pocos pueblerinos en pie actuaban como si nada pasase. Marcharon en fila
india hacía la comisaria, Akakievich le tembló el arma al ver como la madre de
dos niños hermosos habían sido azotados con crudeza. A Nicanor le empezó a
picar la idea de que quizá no hubiera nadie en la milicia. Víctor entre sus
brazos, aun requisaba de su obra y algo de ingenio para su próximo plan de
escapatoria. Nicanor tomando la delantera, pasaba por alto todas esas
desgracias, su destino quedaba a cinco manzanillas del hotel. A medio camino,
las casas que la bordeaban daban la impresión de carecer de vida.
-Obra maligna de un forastero como usted, de una liebre inmunda.
Víctor apretujó sus puños. Junto
al revolver pinchándole la espalda, su hiperbólica sátira lo estaba hartando.
No tanto como la idea de ser llevado a las rejas por su propia obra. No
obstante, Akakievich se hallaba algo aterrado, notó que a Víctor le salía humo
por las orejas, y que para su inseguridad, Nicanor tomaba un par de metros de
delantera, dejando aislados al prisionero y un sibarita que nunca había
ejecutado un revolver en su vida. De repente, el delantero se detuvo, sacó una
de sus libretas.
-Por aquí- ordenó el sargento.
Akakievich llevaba al prisionero donde
le había indicado, se trataba de la glorieta central del pueblo, era muy
pequeña, no tenía árboles, sus esquinas estaban repletos de arbustos. Nicanor
le dijo al pistolero que espere por un momento y que no dude en abrir fuego por
si acaso. La comisaria se hallaba al frente, estaba cerrada de puertas a
ventanas, Nicanor si sacar los ojos de su espalda avanzó con constante prudencia.
Sus ojos ostentaban rasgos de
caminante facineroso, Víctor le bombardeaba la mente la posibilidad de salir
disparando invicto de herida. Solo constaba de un solo disparo, este
pensamiento le fue titilando más y más al prescindir que Nicanor se estaba
tardando demasiado al verlo entrar con simulo de valentía.
Los segundos pasaban, Nicanor no
salía, Akakievich estiró sus brazos y apuntó hacía la nuca de Víctor, presagiaba
que nada bueno sucedería. Le extrañaba demasiado el hecho de que Víctor, siendo
mucho más corpulento no lo hubiera envestido ante las innumerables veces que
bajo la guardia durante el camino. Sin embargo, andaba a su paso, cabizbajo sin
quitar dedo de su cuadro. “Una moribunda mañana con un puente partido como una
galleta, ¿Por qué diablo acepte ese trato?” pensó el armado entre dientes. Al
esfumarse esta nube, desde la grisura de la calle, llegó un tercero. Akakievich
fue el último en notar la presencia de un niño detrás de un pequeño arbusto, su
concentración volvió al arma. Lo ignoró hasta el punto de que se acercó hasta
llegar a su frente. “La ropa te delata” pensó el prisionero. “¿Qué es lo que
busca esta criatura?”. Víctor miró por su hombro a Akakievich, este se hallaba
inquieto, dos miradas lo penetraban como flechas. Le hubiera pedido que se
volteara de inmediato a no ser por las ojeras hipnóticas. Le pincho la nuca,
pero este no respondió. En esta escena el zorro figuraba la trémula de un
cordero. Al cabo de sentir la helada sangre correr por su nuca, su miedo
colapsó cuando vio que un pequeño dedo lo señalaba.
-¡Un cabriolita, cabriolita, perro, enemigo a la vista! – Alarmó el niño
subiendo cada vez más la vos. Akakievich no soportó su llamado de atención,
miró a su entorno, vagas siluetas humanas se movían.
-¡Mandate a lustrar mocoso o te doy un cachetazo!- amagó una patada.
El niño retrocedió baldosas atrás
mirando las espaldas del petiso, Víctor tomó su consejo mientras era amenazado
con el arma.
-Ni lo sueñes bellaco.
El plomo lo atravesó, los harapos del
niño se mancharon a puntitos, su rechoncho cuerpo cayo de boca, chillando como
lechón, rompió el silencio en el pueblo, trataba de escapar al gateo de un bebe.
Por cada disparo habría más los ojos, en su alrededor se acercaban pueblerinos
furiosos a apretujarlo como a todo cabriolita capote rojo. Al último fuego, la
comisaria cobró vida, de la puerta marcharon a todo galope. Los milicos a
patadas y culatazos despejaron la zona, al más bochornoso lo arrastraron por el
barro rojizo. Uno de ellos, disparó al aire para ahuyentar a la jauría.
Solamente había quedado una pequeña anciana cargando un rifle vacío.
-Ni lo sueñes bellaco.
Nicanor se mantuvo a distancia de los
disparos, al ver el cuerpo desangrado de Akakievich, se agarró de los pelos y
le dio un breve sermón, los guardas, dudando de su testimonio, arrearon tras el
fugitivo.
VI
El perseguido doblaba por las calles en búsqueda de la
salida del pueblo. Tendió su oído en un solo hilo, el sonido del rio arrasando
con violencia. Lo persiguió como su única salida, desde allí, desesperado por
los disparos que se escuchaban a sus espaldas, aceleró el paso evitando
cualquier contacto, al ritmo del fuego tomó cobertura en una esquina. La salida
estaba manifestada de pueblerinos, algunos con antorchas, tapando la salida
para cualquier cabriolita que anduviera deambulando por el sector. La neblina
se postraba más densa, y los disparos convertían a este meollo húmedo en una
selva infernal. Dentro de todo eso sonidos, prestó su máxima atención en el
galopar del rio, siguió su voz. Llevó sus índices a las cienes, se percató de
que el pueblo nació bordeado de una arboleada robusta y negruzca, tomó nuevo
camino. Una vez topado con él, Víctor trago saliva, se quitó el saco y mesó su
pelo. Ahora el perseguido alzaba la mano izquierda para cuidar su cuadro de las
filosas ramas de los frondosos árboles, avanzaba con su izquierda rodeando su
cuadro como si de su corazón se tratase. Avanzó lentamente en contra de la
negruzca barrera, una vez adentro, surcando entre las hojas y ramas trató de
contener el poco aire que había pescado. Le picaba todo el cuerpo, su cerebro
no eran menos activos que sus brazos y sus piernas; pensaba con la rapidez del
corazón. Los arboles espinados lo frenaban, se tropezaban y desviaban de su
trayectoria por las raíces que sobresalían de la tierra, junto a las cortantes
hojas y los indomables arbustos, poco a poco experimentaba una sensación
parecida al despellejo de la piel. La luz se filtraba con bajo peso, al igual
que el interior de un Ford De Luxe tiroteado. Junto a la neblina y la penumbra
que los segaba y ahogaba, escuchaba cada vez menos el rio y más fuerte los
disparos. Su medrosa mente sostenía el tolchoqueado cuerpo con el pensamiento
de su obra, “tú y yo saldremos invictos de este umbral” pensó con la cara
contraída en una mueca preocupante, su conciencia fue invadida por la incógnita
“¿Qué pasara después?”. Con la llamarada de su pecho, que se sentía como un
barril de whisky, descartó ese pensamiento, su cuerpo humeaba como locomotora.
Los árboles dejaron de aparecer, su
cara se meneo con el pleno aire… de golpe cayó como tonto, su tacto rozó con un
sendero lampiño, se quedó mirándolo, para él era una laguna de oro sólido. Su
atajo se encontraba lejos de la entrada principal, cruzó como un fantasma,
nadie lo había visto ni escuchado. Se sacudió como perro mojado, y partió por
la libertad.
Los disparos se disiparon por las
brisas, corría al ritmo del rio que se tornaba más ruidoso, sus espaldas no
olfateaban los pasos enemigos. Sonriente imaginaba su salida victoriosa y su
cuadro en el pecho se sentía como un escudo protector de los males del bosque.
Finalizó el sendero rengueando con cansancio, había perdido su zapato
izquierdo. La abertura del frio era azul, cortante y ruidosa, Víctor estaba
frente al pequeño puente colgante, el agua radiaba azul marino, entre la
desesperación de huir de ese sitio maldito, lo frenó un golpe de estupor.
Como si le hubieran diagnosticado
lepra, removió sus manos por las piernas y el torso, para verificar si se
trataba de la euforia de alguna hiedra maligna. Parpadeó sus ojos de halcón,
agito su izquierda empujando la suave neblina, pero en los dos intentos de
redentor no hubo cambio alguno. Al cabo del último tictac de su medrosa coraza,
miro su cuadro, la tela rasguñada ocultaba al responsable de su pesadilla.
Arrancado de su ensueño de libertad,
sus pestañas se exaltaron de punta. El puente de salida estaba cortado como
fiambre, un corte certero y prolijo, semejante al del monumento. Desde ahí, las
cosas solo se presentaban por sus colores, avanzó con pasos de borracho y cayó
de rodillas, su cuadro resbaló de sus brazos al tratar de arrancarse mechones
de pelo con las pestañas apretadas. El rio seguía galopando al compás de una
orquesta infernal, aun así Víctor escuchó el crujir de los arbustos por pies
humanos. Era probable que la milicia restringiera la salida, pero por esta vez
el siniestro de los arbustos apareció con cara de piedra.
-Oiga, jefe- mutiló desde los enebros.
Víctor miró por su hombro, notaba su voz pero no alcanzaba a verlo.
-¿Me oyó? Era de esperar que huiría… sabía que abusaría de mi bondad. Pues, aún
sigo con hambre- dijo Javierto más borracho que la última vez.
Víctor lo miró con repugnancia.
-Canalla, ruin, insensato- susurró mientras se ponía de pie
-No se enoje, ¡podemos arreglarlo!-Javierto se encogió de hombros- ¡Espéreme
aquí, recuerdo un camino seguro!-le garantizo, y salió por donde entro.
Víctor tomó su pintura, se la llevó al
pecho y comenzó a acercarse al puente. Llegó hasta la grieta, y la observó por
un largo rato. “Podría saltar” pensó convencido, “seguro llegaría… o mejor
sería arrojar mi tesoro por el otro lado, estará más seguro. Yo podría nadar
hacía el otro extremo”. Alzó un brazo, sus fríos dedos lo traicionaban, y su
vista se balanceaba como un barco. De pronto, se escucharon pasos a sus
espaldas, “¿Un caballo? ¿Javierto trajo un caballo?” Se volteó, pero no solo
habían caballos, si no hombres uniformados arriba de ellos, delante de él,
estaba Nicanor de puntitas.
-Por el amor de dios Víctor, quédese quieto.
Al pintor se le heló la sangre.
-Por favor Víctor, piénselo, tiene toda una vida por delante. De estos errores
se aprenden.
Aterrado, quiso despegar de un salto,
en un acto fortuito, Nicanor clavó las uñas en su muñeca; pataleó y chilló como
un niño. En una serie de golpes, Víctor claudico ante las manos de Nicanor.
VII
Se adentró a un pozo húmedo y rocoso, lo único que tenía de cárcel eran las
siete rejas; iluminado por un pequeño hoyo sobre la pared. Encadenado hasta el
cuello, recuperó su conciencia después de unas horas, miró por sus costados, no
encontraba objeciones a su lado. Pegaba aullidos y se movía como una lombriz
cortada. Desde arriba, a los oficiales se les escuchaba discutir en susurros,
uno de ellos bajó por la escotilla. Llevaba a alguien por las muñecas. Abrieron
su celda, el prisionero calló de rodillas como una bolsa de papas.
-¿Y Usted? ¿Por qué esta aquí?- dijo Javierto. Víctor aún lo miraba con
repugnancia, el desencadenado se paró con serenidad sacando algo guardado en
sus harapos.
-No me mire así, por lo menos… esta vez estoy vestido-tosió Javierto- Como
verá, descubrieron mi papel en su obra, y como todavía no me pagó asumo que no
le gusto mi interpretación.- Hizo un breve pausa, observó las demás celdas,
estaban solos.- Como decía… usted abuso de mi bondad para cometer un acto
diabólico… sabe… jamás podré borrar esa imagen de mis ojos. Mis padres estaban
mirándome desde el cielo… pero, usted, como mente del operativo… deduzco que no
se lució del todo... Feliz aniversario.
Se tocó la nariz.
-¿Sabe una cosa jefe? No necesito su asqueroso dinero, carnalmente puedo salir
de aquí.
A escondidas de su espalda, Javierto sacó un fragmento rectangular envuelto en
tela.
-¿Esto es suyo?
Víctor lo miró de jeta.
-¿De dónde sacaste eso?
-Según sé, había una señorita que tenía algo que ver con el historiador que lo
incrimino… ¿recuerda aquella vez que se quedó llorando por haber volado la
entrada principal a la mierda?... fui corriendo a buscar una salida… pero no
encontré salida… después por razones que desconozco fui a su morada, o en donde
estaba parando… Estaba cerrado. Di la vuelta y por el césped me encontré con
esto. Después salí a caminar, me paró la gorra y bueno… heme aquí.
-¿Pero? ¿Qué tiene que ver la señorita?
-Vi como lo tiro de la ventana.
Víctor estiró su mano.
-Dámelo.- trató de evocar un rostro que encajara con su palabra, pero no lo encontró.
Sentado, Javierto se llevó los índices
a la cien, aparentado meditar,
-No me parecería justo.- se puso de pie- como el dinero va y viene a mi mesa.
Estaba pensando colgar este recuerdo en mi cañito.
Javierto se hecho a reir.
-Es broma, cayó de nuevo, yo seré borracho, pero nunca ladrón.
Víctor estiró sus brazos, la idea era conforme. Pero Javierto lo miró con cara
aburrida.
No me refería en este preciso instante, una vez que este libre, se lo dejare
aquí. – Su vos causaba vómito, no podía creer lo que había dicho.
-No me mire así… Una vez que este afuera, buscaré la manera de desencadenarlo,
es muy sencillo encontrar la llave, estos milicos piensan que soy tonto, esta
vez será sin ambages ni sorpresas. Por lo tanto, usted es un artista solo y
algo loco- bostezo Javierto- Ha sido un largo día, debo descansar patrón- se
acurruco en una esquina, Víctor sintió la llamarada en el pecho.
-¡MALDITO PORDIOSERO MUGRIENTO, DAME ESO O TE MATARÉ!- vocifero Víctor.
Entre el silencio y la oscuridad,
salió un guarda a aporrear las rejas.
-¡Cállese pintor! O esta vez le romperé los dedos.
La condena lo silencio, sumido en su
hartazgo de derrota, Víctor comenzó a cerrar los ojos.
Los días pasaron como agua del rio,
Víctor no volvió a dirigirle la palabra al borracho, un milico buscó las llaves
y abrió la celda, le recordó su promesa con la mano en el pecho. Javierto logró
salir sin más objeciones, no obstante, el cuadro dormía abandonado en un
rincón. Esa fue la última vez que Víctor vio a su socio. Por su parte fue
acusado de robo, atentado, violación y asesinato, lo poco que le quedaba de
razón y juicio le empezó a decaer hasta el estómago.
Lustraba las rocas con sus dedos, que
aún seguían intactos por así decirlo, contaba los días que albergaban cincuenta
años de condena, se convirtió en su pasatiempo. La poca iluminación, se
concentraba en el meollo oscuro, de ahí llegaban recuerdo de su ego y calaña,
amistades esfumadas, amistades que podrían haberlo sacado de ahí, su amiga la
comadreja, el conejo, o el lince. Víctor largó risas.
Solo se trataba de quince días
encerrado, había perdido la cuenta por pegar los ojos durante el día y perderse
en el umbral de la triste noche. La
oscura celda con insomnio llego a la gris mañana, del ojo cayó un objeto
metálico en medio de la celda, alguien lo arrojó de afuera. Víctor vio la señal
antes de pegar los ojos, llevó sus húmedas manos a por él, no alcanzaba por
pelos de la nariz, la cadena le rasgaba la piel. Pasmado en la grisura, se puso
de pie, seco sus lágrimas, con la escasa iluminación se percató de que era una
llave, negra como la cadena que lo requisaba, brilló su sensación de libertad,
Javierto cumplió con la palabra.
Tomó los pocos aires que circulaban y
estiró a por la llave, ahora sentía que las cadenas le desgarraban los músculos.
Con su derecha alcanzaba a tientas, no aguantaba el soporte de las cadenas, lo
tenía ahorcado desde los dedos gordos del pie a lo poco que tenía de barbilla.
Trató una y otra vez, empleo toda su energía en el índice y el mayor, tratando
de enganchar la llave, le sangraban las uñas de tanto arañar el rocoso suelo,
se hostigaba con el pensamiento de morir en ese agujero negro, por su
credulidad y apuros... Los caprichos no podrían cesar por tan solo unos
milímetros. Tras varios intentos, se arrancó las mangas con los dientes para
poder alcanzar la llave, era dura como talón de indio. Desde su tolchoqueada
mente, le pico aquello que llamamos idea, debido a su inanición y segura muerte, guardó sus pocas fuerzas para
reiterar el mismo acto efímero, cerró los ojos, pensaba en la tortuga.
Desde arriba, ya no se tonaban pasos
ni rastro de vida, solo lucía el raspar del viento, debajo de ello quedaba un
desnutrido no muerto abatido por su hazaña y ultima racha. “Esta vez saldré
victorioso” se le cruzo por la cabeza en el tictac de los grilletes. Por su
calaña, por su obra, que seguía igual de intacta que la última vez. Le corrió
nuevamente la llamarada en el pecho, sacudió su desnutrido cuerpo, clavó sus
quince garras al suelo y estiro su derecha hacía la llave, sintió que se le
astillaban los huesos, su cabeza congestionada le hizo arder de furia,
estallando de ambages, su huesuda muñeca le pincho un dolor agudo, como manteca
deslizo de la esposa y tomó con toda la palma la helada llave. Ese contacto
provocó otra explosión, descendieron nuevas lágrimas, aquel poco líquido que
había guardado para su momento glorioso. Largó las cadenas como si fueran boas
contrictoras. En la oscura celda, manoteó por todo sus rincones, su pie
descalzo chocó con el cuadro, la deprimente oscuridad negaba el contemplar de
su trofeo. Comprobando la eficacia de la llave, la hundió en la cerradura
restante, entro como anillo al dedo, y el sonido del cerrojo abriéndose fue
como el briznar de un pájaro para Víctor.
Guardó cautela, subió por el portillo helado, y la sorpresa parecía
nunca acabarse; las fachadas y columnas carecían de techo, lo poco que quedaba
en pie, tenía una aspecto negruzco. Por las calles no se veía rastros de vida
humana. La desolación lo invito a ir
deprisa hacía la posada, se hallaba cubierta de tablones, todos sus tragaluces,
toda estructura en pie se camuflaba con el fondo. Calló sentado en medio de la
calle. Entró en escena su premio, lo deslumbró de su cubierta (llegó a pensar
que se debía a su persistencia en el pozo, sus pupilas no reconocían los
colores) El misterioso cuadro impacto en sus retinas, obligándolo a secarse el
hilo de agua que le atravesaba la cara. Estaba en frente de su primera obra, el
puente con los maleros y bandidos peleando en el puente. Un bélico y pobre
cuadro, que por razón u otra, su corazonsito no lo mando a la hoguera; si no en
un mal escondite donde la chismosa de Bertha pudo tomarlo. “¿Qué habrá sido de
mí otro cuadro? ¿Qué habrá sido de la historia de Nicanor?... El maldito sí que
ha entendido el concepto”.
Empezó a ver al cuadro por sus colores,
el fondo seguía blanco. Qué lindo se veía el cuadro antes de su llegada.
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